—¿No me vas a decir qué es?

—No.

—¿Ni una pista?

—Nada. Niet. Zero.

Miras a tu novia, que en esos momentos intenta aplastar tu fuerza de voluntad poniendo ojitos de cordero degollado. Pero eres fuerte y estás preparado, al fin y al cabo todos los años hace lo mismo: suplica con esos enormes ojos castaños que tiene para intentar sonsacarte cual va a ser su regalo de Navidad. Y tienes que admitir que más de una vez lo ha logrado.

Sientes que este año es diferente. Es la primera Navidad que vais a pasar compartiendo piso, así que quieres que su regalo sea algo especial y una verdadera sorpresa. O eso al menos es lo que te sigues repitiendo como excusa de por qué, a falta de cuatro días para Navidad, aún no le has comprado nada. 

Viendo que no va a logara sonsacar nada de información, ella deja de mirarte y se levanta del sofá. 

—Tienes suerte de que ahora tenga prisa —comenta ella—. Mi guardia en el hospital empieza en media hora, pero no creas que me voy a olvidar de esto.

A penas ha salido por la puerta cuando tu estás encendiendo su ordenador. Sabes que lo que estás haciendo es una violación absoluta de su privacidad, aunque razonas que si el fin justifica los medios tampoco es tan malo lo que estás haciendo. Investigas en su historial, ves que ha estado curioseando algunas páginas de ropa y cosmética, pero por su cumpleaños ya le regalaste un perfume y sabes que su madre le va a regalar un conjunto de pantalón y jersey. Pasas a ver su lista de deseos de Amazon y sólo te encuentras con cosas de decoración para la casa, nada que sea lo suficientemente personal o especial. 

Tu último recurso es entrar en su Pinterest. Tus ojos van directos al tablón de bodas que tiene. ¿Y si...? No. Sacudes la cabeza. No vas a caer en esos clichés que incitan a fotos de Instagram de anillos de compromiso con árboles de Navidad al fondo. Y desde luego no crees que la desesperación por encontrar un regalo sea motivo suficiente como para pedirle matrimonio a alguien. 

Otro tablón parece ser más prometedor. Está dedicado a una estética de cuentos de hadas oscuros con frases sacadas de las historias de los hermanos Grimm. Recuerdas entones todas las veces que se ha quejado de que, por mucho que le guste Disney los cuentos originales son mucho más tétricos. La bombilla que hay encima de tu cabeza se enciende y de inmediato haces una lista de librerías. 

Al final te lleva casi todo el día y un recorrido por casi una veintena de librerías, sin embargo el cansancio que sientes al llegar a casa se ve nublado por la sensación de pura felicidad de haber encontrado el regalo perfecto. En tus manos tienes una edición de principios de siglo XX de los cuentos de los hermanos Grimm ilustrados. Algo único y especial que si le va a sorprender. 

Lo estás envolviendo con sumo cuidado cuando escuchas la puerta de la entrada abriéndose. Mierda, piensas, no te habías dado cuenta de que ya era tan tarde. Mientras entras en pánico piensas donde puedes esconderlo: los armarios están descartados, se vería enseguida, y el frigorífico es una idea ridícula.

—¿Cariño? —Escuchas la voz de tu novia mientras se acerca a la cocina.— ¿Estás en casa?

Sin pensarlo abres la tapa del cubo de la basura y metes el libro, justo a tiempo antes de que tu novia aparezca.

—¡Hey! —saludas con quizás demasiado entusiasmo— ¿Qué tal ha ido la guardia?

Ella te mira con el ceño fruncido.

—¿Te ocurre algo?

—¿A mi? —Jurarías que tu voz suena más aguda de lo normal— Nada. Sólo estaba pensando que no me apetece cocinar nada, quizás podríamos pedir al chino. 

Con suavidad la coger de los hombros y giras su cuerpo hacia el salón, confiando en distraerla e impedir que entre en la cocina hasta que tu puedas rescatar el libre del cubo. Algo de cena y una peli de Netflix y sabes que caerá dormida en diez minutos.

Te despiertas con la alarma del móvil, algo confuso. Recuerdas haber cenado anoche y empezar a ver algo en al tele pero no recuerdas como terminó. Arrastras los pies hasta la cocina donde encuentras a tu novia con una taza de café preparada para ti.

—Buenos días —te dice con una sonrisa—. No sé que hiciste ayer que acabaste tan cansado, pero caíste rendido en seguida. Menos mal que al menos pudiste medio caminar a la cama, si no hubieras dormido en el sofá.

Contestas con un medio gruñido. Necesitas café y en cantidades ingentes. Mientras sorbes lo que te parece pura ambrosía negra ves, como si fuera a cámara lenta, a tu novia yendo hacia el cubo de basura para tirar la monda de una naranja.

—¡No!— gritas apartándola.

—¿Pero qué narices...?

Le ignoras. Te preocupa más el hecho de que el cubo de basura está vacío. 

—¡Oh, no! ¿Dónde está?

—¿La basura? La he bajado esta mañana.

—Oh no, oh no, oh no... —murmuras por toda la casa buscando tus zapatillas.

Tu cuerpo se ha olvidado del café y funciona ahora en modo pánico. Tu novia te llama ahora mismo tienes mayores preocupaciones. Corres escaleras abajo y por la calle hasta el contenedor de la esquina, los pasos de tu chica siguiéndote de cerca.  Cuando llegas al contendor no lo piensas, sólo lo abres y te metes dentro. Agradeces que vuestras bolsas de basura sean de color lila, al menos será más fácil de distinguir entre las demás. Crees haberla encontrado cuando la cabeza de tu novia asoma por el contenedor.

—¿Estás loco?— te grita— ¿Qué haces?

—Lo siento cariño. Pero había algo en al bolsa... algo importante. Tengo que recuperarlo. 

—¿Te refieres a esto? —En su mano te muestra el libro, aún medio envuelto con ese papel plateado.— Que sepas que la basura es el peor escondite que se te podría haber ocurrido, era imposible no verlo.

Algo más tranquilo sales por fin del contenedor. Miras a tu alrededor, avergonzado al darte cuenta que algún vecino os observa desde las ventanas y se ríe. 

—Que conste que fue porque entré en pánico. No quería que vieras lo que era. 

Te entrega el libro mientras dice:

—No lo he terminado de abrir. Sé que es un libro, eso está claro, pero no sé de qué es. Si quieres que sea una sorpresa, lo será.

—Gracias cariño.

Te inclinas para darle un beso pero ella se aparta de inmediato, negando con la cabeza.

—No. Nada de besos hasta que no te hayas dado por lo menos cinco duchas.

Tú asientes con al cabeza. Te parece justo. 




Comentarios
  • 1 comentario
  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 17 días

    Una historia tierna y blanca. Apropiada para estas fechas ¡un poco de humor y buen rollo!


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