Dejas caer la mochila llena de uniformes rotos y recuerdos amargos. Te sientas y pides una copa de vino. No sabes si el camarero te escuchó, pero no te importa. Miras la puesta de sol. Es tan bella, se te escapan las lágrimas. La guerra por fin ha terminado.

Vuelves a casa justo para Navidad, por eso necesitas encontrar el mejor regalo. Te lanzas por las calles de la ciudad, aturdido por los ecos de la contienda, el recuerdo de los muertos y el cansancio del viaje. Las calles son tan perfectas, tan nuevas. Un niño chilla y das un respingo. Te agachas, buscas tu casco en la mochila con las manos temblorosas. Te quieres poner a cubierto.  Escuchas los villancicos, asustado ante un bombardeo inminente que solo está en tu cabeza. Nadie repara en ti o si lo hacen prefieren ignorarte. Para ellos serás un loco o alguien que les recuerda lo que perdieron en la batalla, los caídos en la guerra. Las canciones dulzonas llegan a tus oídos; respiras, recuperas la calma, ya no estás en las Árdenas, ni en Bastoña y Normandia se está convirtiendo en vago recuerdo. Te lo repites una y otra vez para tranquilizarte, para alejar las horribles imágenes de los mutilados en el campo de batalla. Estás en tu ciudad. Asustado. ¿Estarán todos bien en casa? La última carta la recibiste en enero de 1943. Margot y los niños te enviaban buenos deseos. Rezaban por ti. Entonces te echaban de menos, guardaron tu silla vacía para celebrar la Navidad. Tienes que encontrar el regalo perfecto, no puedes presentarte así. No después de tanto tiempo. Lloras y en tu mente desordenada piensas en el vino que no te han servido. Te hace tanta falta beber algo, pero no más que llegar a casa.

Recorres las calles, los villancicos suenan como si nunca hubiese habido una guerra. La melodía sale de cada tienda, de cada café. Todo es tan bonito, huele a chocolate caliente, a jengibre, a caramelo y a pastas de mantequilla, pero nadie te hace caso. Miras tu uniforme, también te miras el pie. A la bota izquierda le falta la puntera, los dedos llenos de barro asoman. No los sientes, será el frió. A tu cabeza acude la imagen de Dabrowski, del día en el que viste su bota y no había nada más. Descuartizado. Tu mejor amigo desapareció en el Año Nuevo de 1944, en un sucio campo de batalla en el que ninguno debisteis estar. ¿Lo sabrán ya sus niños?


Lloras, deseas encontrar el regalo perfecto para Michel Jr., ya tiene ocho años. Ya no se acordará de ti o, peor, pensará que eres el padre ausente; el que se fue a una guerra que no comprende. Te tocas el pecho y buscas en el bolsillo derecho del uniforme. Ahí está. El viejo soldadito de plomo que te regaló Dabrowski, el que llevaba siempre con él. Se lo dio su hijo pequeño antes de partir y él te lo confió a ti. No quisiste creer en su mal presentimiento. Voló por los aires. Encontraste el muñequito en el barro, junto a una de sus manos, un poco más allá de su bota. Aún conservaba la alianza. Vuelves a llorar. Quieres que Michel tenga el soldadito, que comprenda que papá lo pasó mal y que nunca le abandonaste. Pero solo es un niño, querrá un juguete nuevo. Y Beatrice, ¿qué querrá ella? Tan solo tiene seis años. No te recuerda, estuviste muy poco en su vida. Quieres encontrar la muñeca más bonita de la ciudad. Entras en una tienda, está anocheciendo. Todos tiene prisa, hacen las últimas compras. A tu alrededor pasan varias personas llevando paquetes envueltos y cintas de colores. Intentas preguntar por las muñecas, nadie repara en ti. Tampoco tienes pinta de tener dinero y, quizás, un soldado no sea bienvenido. Lo has dado todo por la patria aunque no sepas por cuál ni ellos tampoco.


Ya es de noche, el viento arrecia y te encoges dentro del uniforme. Las tiendas han cerrado solo tienes el soldadito de plomo y la flor de edelweiss que le robaste a un nazi. Beatrice no entenderá el dolor que hay tras esa flor de las nieves, pero al menos es bella. Las dudas te asaltan a escasos metros de tu casa. ¿Y si Margot ya no te espera? ¿Y si otro ocupó tu lugar? El césped está descuidado. Las flores crecen salvajes. El viejo buzón está descolorido. Nadie lo ha pintado este año, ni el anterior. Una corona de acebo adorna la puerta. El viento la mueve y golpea la madera. Se intuye el trajín tras los visillos. La luz deja entrever varias personas, deben de estar preparando la cena. Es Nochebuena, han pasado cuatro años. Estás agotado y no tienes regalos. El frío se cuela por tu bota agujereada. Suspiras antes de tomar el camino de piedra hasta la entrada. Poco antes de llegar dos niños te adelantan sin hacerte caso. Son tus sobrinos. Te emocionas, que grandes están. Los llamas, pero ni siquiera se vuelven. Niños. Dejan la puerta abierta y entras. Todos están sentados alrededor de la mesa con los ojos cerrados y cogidos de las manos. Tus sobrinos también han ocupado tus sitios. En un extremo está la que solía ser tu silla. Sigue vacía. Margot reza por ti. Te quedas en el quicio de la puerta sin saber que hacer. Margot llora, suplica por tu vida porque vuelvas algún día sano y salvo. Algunas arrugas que no recordabas marcan su rostro. Ni siquiera tienes un ramo de flores para ella. Desvías la mirada hacia el árbol de Navidad. Hay carteles con los nombres de los niños y regalos junto a ellos. El cartel de Margot está vacío y junto a él está el que lleva tu nombre, también vacío. Y entonces te das cuenta de que el regalo perfecto eres tú, pero ya no importa. Estás muerto.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Jo qué pena! qué cosa tan mala son las guerras :( Me ha recordado un poco a la película Los otros, pero en versión triste más que terrorífica

  • Jon Artaza @Jon_Artaza hace 18 días

    Muy buena la ambientación. Me ha gustado mucho cómo has mezclado la información real para crear el clima. Una guinda para despedir el 21.

  • Susana Calvo @Susana hace 17 días

    Gracias a ambos. La pena es que no tuve casi tiempo :-(, pero me alegro mucho e que os haya gustado.


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