La habitación está en penumbra y te cuesta distinguir lo que hay a tu alrededor. Escuchas unos sollozos. Te acercas al bulto que se estremece sobre la cama. Es una niña que, tendida bocabajo, intenta ahogar sus lágrimas en la almohada. En cuanto posas la mano sobre su espalda, el llanto cobra más fuerza. Le dices que todo irá bien, que la ayudarás y que te cuente lo que le ocurre. La niña menea la cabeza y la negación se propaga por sus cabellos negros y revueltos. «Anda, ven aquí, cielo. Sea lo que sea, lo solucionaremos». Haces tuyas las palabras que tu madre te decía cuando tú también eras una cría de indomable melena azabache. Te sale sin pensar, porque ni siquiera recuerdas cuántas veces te lo has repetido a ti misma desde que ella no está.

Funciona, pues la niña se incorpora y te mira. Las lágrimas brillan en la semioscuridad del cuarto de la pequeña, al igual que sus ojos. Tan verdes, tan perdidos. «Yo solo quería un regalo. Hoy es mi cumpleaños» murmura sin fuerza.

El estruendo al otro lado de la puerta cerrada te sobresalta. La cría también reacciona y se lanza a tus brazos, como si fueras el último tablón a flote en el naufragio que es su vida.

«Nos ha oído, el monstruo». Su voz es un susurro de puro terror. «Viene a por mí». 

La aprietas contra ti sin dejar de mirar la puerta, que se sacude víctima de pasos que retumban como árboles caídos y golpes que suenan a cañonazos. Cada vez más cerca. Te sobrepones al miedo y hablas: «Saldremos de esta, ¿vale?». Recorres la habitación con la mirada, en busca de una salida. Descubres una puertecita morada en la pared. «Tengo una idea: vamos a buscarte un regalo de cumpleaños. Y no uno cualquiera, el mejor».

La coges de la mano y tiras de ella. Trastabilla detrás de ti, con la vista fija en la puerta que el monstruo intenta derribar a porrazos. Tú la guías hacia la otra, mientras intentas no preguntarte cómo la cruzaréis si apenas te llega a la rodilla. Agachadas una frente a otra, os miráis. Asientes antes de girar el pomo con los dedos. La puerta grande revienta justo en ese momento y el estruendo engulle el tímido clic que hace la morada al abrirse. Las astillas se estrellan contra el suelo mientras tú empujas a la pequeña para que pase delante de ti. La niña gatea y atraviesa el umbral justo cuando el monstruo irrumpe en la habitación. Es enorme. Agita los brazos, con los puños cerrados. Está tan oscuro que no puedes distinguir mucho más. Por suerte se mueve con torpeza. Más que caminar, se tambalea de una forma que te resulta familiar. Cierras los ojos y los puños antes de intentar cruzar. Estás decidida a luchar para proteger a la niña si no lo consigues. 

Te arrastras, esperando que en cualquier momento esa cosa te agarre una pierna y tire de ti. Pero lo que esperas no ocurre. Escuchas un portazo a tu espalda y después la voz de la niña: «¡Lo hemos logrado! Me has salvado». Sabes que no es cierto, que el monstruo sigue ahí. Casi sientes su aliento, con ese olor dulzón y pastoso que no has olvidado. Pero ella está feliz y eso es suficiente por ahora.

Al abrir los ojos la claridad te golpea. Todo es brillante y colorido, caótico pero perfecto. Un bosque de árboles iridiscentes, tapizado de hierba que más bien parece algodón de azúcar, lianas como espumillón colgando de las ramas y sonidos de animales enlazados en una cancioncilla alegre y pegadiza. El paraíso soñado por cualquier niño. Miras a la pequeña. El refugio al que su imaginación ha huido en los peores momentos. 

«Anda, vamos a buscarte ese regalo» dices mientras rodeas sus hombros con el brazo. 

El camino de baldosas cubiertas de escamas de pez os conduce a un claro donde esperan los cachorritos más adorables del mundo. Todos están deseando jugar, mueven las colas, ronronean alegres, corretean y saltan. La niña los mira. Sonríe y tú con ella. Tu sonrisa se borra también al mismo tiempo que la suya.

«¿No te gustan?» preguntas, aunque intuyes la respuesta.

Ella menea la cabeza. «Me encantan, pero no puedo llevarme ninguno conmigo. Les hará daño».

Recuerdas a Mittens, el gatito negro que un día desapareció sin más. Nunca te atreviste a preguntar por él. Asientes en silencio y seguís adelante. Lo siguiente que encontráis es una pradera de regaliz ocupada por un surtido de regalos que cualquier niña de su edad desearía: bicicletas, patines, raquetas, esquíes,… Ella niega otra vez.

«No sé usar nada de eso. Tampoco creo que pudiera aprender, soy tan torpe. Nunca hago nada bien». Sus palabras se te clavan en el pecho y en la garganta. Te tragas el dolor y la consuelas: «A veces la gente miente. Quienquiera que te haya dicho esas cosas lo hace. No te preocupes, encontraremos el regalo perfecto». 

Y continuáis buscando. Un eco de música y risas os lleva hasta una fiesta a la orilla de un lago de purpurina plateada. Mesas plagadas de golosinas, una orquesta tocando las canciones de moda, hasta una fuente de chocolate. Los ojos verdes de la niña titilan, ilusionados, y su boca se abre en una sonrisa de emoción. Parece que lo habéis encontrado. 

«Una fiesta de cumpleaños es un regalo genial» dices entusiasmada. «Haremos una lista de invitados». De nuevo su felicidad se extingue en un instante. «No se me ocurre nadie. Hacer amigos es complicado. Mi vida es demasiado diferente de la suya, a veces me parece que ni siquiera hablamos el mismo idioma. Tampoco tengo familia». Su tristeza te contagia, pero no piensas rendirte. Nunca lo haces. Además, tú si hablas su idioma, ¿verdad?

Juntas regresáis al sendero. Un poco más adelante una roca enorme os corta el paso. Hay dos objetos clavados en ella: una varita mágica y una espada. «¡Ahí está! El regalo perfecto» anuncia la pequeña. Colocas la mano sobre la varita. Ella niega con la cabeza. «No, eso no. La magia no existe. Por mucho que lo desees, ninguna hada madrina aparece nunca para salvarte». Ni siquiera intentas llevarle la contraria. Mueves el brazo hasta la espada. La niña asiente, con una expresión dolorosamente adulta en el rostro. Confía en el acero. Puede clavarse y hacer daño. Eso sí es real para ella.

«¿Cuántos años cumples?» preguntas. 

«Doce».

Recuerdas cómo fue para ti aquel año, en el que lo que parecía que no podía empeorar lo hizo. Arrancas la espada de la roca sin dudar y le tiendes la oportunidad que tú no tuviste.

La piedra desaparece, reemplazada por la puertecita morada. Miráis atrás. El bosque se ha transformado en un entramado impenetrable de troncos y lianas. Ya solo podéis seguir adelante. Tu mano envuelve la suya mientras os agacháis hacia la puerta. Es el momento de volver, pero no olvides que ahora tenéis el regalo perfecto. 

Regresáis a la realidad, al mundo del monstruo. A una cocina con el suelo de azulejos negros y blancos. ¿Los recuerdas? Lo duros que eran cuando te golpeabas con ellos al caer. Su frialdad en tu rostro, mientras intentabas proteger tu cuerpo. Aprietas a la niña contra ti. Estás decidida a salvarla, a vencer a su monstruo, que ya está en la puerta. Es una maraña de gusanos negros. Se revuelven formando una figura humana, sin rostro ni voz. Solo un coro de gruñidos y un aroma cargado de humo y alcohol. 

La niña gime, pegada a ti. La obligas a separarse y colocas tu mano encima de la suya en torno a la empuñadura de la espada. «No estás sola» le susurras al oído. Ella se yergue mientras el monstruo avanza dando tumbos. Le apuntáis con el filo pero no se detiene, acostumbrado a que nada se interponga en su camino. 

Apretáis el arma con más fuerza, mano sobre mano, hasta que vuestros dedos se funden. Y vuestra carne. Y vuestra piel. Un solo cuerpo, tu cuerpo. Con la esperanza que aún conservabas al cumplir los doce y la necesidad de recuperarla que ha empañado tus días. Ya no eres esa niña sin infancia, que nunca has podido dejar de ser. Ahora eres una mujer fuerte. Y no estás sola. 

Te lanzas contra el monstruo y clavas la espada allí donde debería haber un corazón. Los gusanos se revuelven entre alaridos antes de desaparecer. Miras al suelo. Al hombrecillo sentado sobre las baldosas negras y blancas que ha quedado al descubierto. Le reconoces al instante. Es tan pequeño que podrías aplastarlo de un pisotón. Levantas el pie mientras él ruega clemencia. Te detienes en el último momento. Le miras, indefenso y desgraciado. Apartas el pie, despacio. No vas a destruirle, porque ahora sabes que puedes hacerlo, cuando quieras.

Ese es el regalo perfecto. Para ti. Para tu niña. Vencer al monstruo. Ya no tiene poder sobre ti. Sobre vosotras. Y nunca más lo tendrá. 

Dile adiós y regresa al presente. Aunque haya otros monstruos, ninguno podrá tocarte. Recuérdalo. 

Tres, dos, uno. Despierta.




Comentarios
  • 3 comentarios
  • ¡Sabía que eras tú la autora de tremendo relato! Te quiero mucho por haber escrito algo así, abiertamente te lo digo <3

  • ELEEA B @eleea hace 5 meses

    Wow! Había leído maravillas de tu relato por el chat y permíteme que te diga que tenían toda la razón. Son apabullantes la cantidad de referencias que usas, la espada en la roca, el camino de baldosas, el monstruo, me evocan historias sublimes que amalgamas como nadie. Pero ese final y la temática que tratas me han dejado KO. Me ha encantado. ¡¡Enhorabuena!!
    ¡¡Un texto brutal!!

  • Laura_M_A @Laura_M_A hace 5 meses

    Brutal el relato, me ha encantado!!!


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