La voz exaltada del pastor te despertó de golpe.

—¡Ha nacido! ¡El Hijo de Dios ha nacido!

Aturdido, asomaste la cabeza fuera de la tienda y miraste a ambos lados. Aún era de noche. Un manto blanco cubría los campos, reflejando el tenue resplandor de la luna. Las ovejas dormían tranquilamente en su redil, pero los hombres estaban levantados e iban de un lado a otro, gesticulando y recogiendo el campamento a toda prisa.

—¿Qué ocurre? —preguntaste, alarmado.

—¡Calla, niño! —le espetó uno de ellos.

Otro se volvió hacia él, con lágrimas de alegría, y exclamó:

—Hemos visto un ángel. Se nos ha aparecido mientras hacíamos la guardia y nos ha dicho que el Hijo de Dios acaba de nacer en Belén.

—Debemos ir a adorarle. Pero no podemos presentarnos con las manos vacías —dijo un tercero—. Vamos a casa, a buscar algo que podamos llevar como presente.

—¿Y qué podríamos llevarle? ¡Nada de lo que nosotros tengamos puede ser digno de Él! —se lamentó el primero.

Todos se detuvieron por un momento y se quedaron mirándose, abatidos. Entonces el pastor más viejo, que había permanecido sentado en todo momento, habló con voz ronca, pero cariñosa.

—El ángel se nos ha aparecido a nosotros por un motivo. Llevadle al niño lo más valioso que tengáis. Será suficiente.

—¿Usted no viene, padre? —inquirió uno de ellos.

—No, yo soy demasiado viejo para bajar corriendo al pueblo en mitad de la noche. Además, alguien tiene que quedarse a cuidar de las ovejas.

—Está bien, no tardaremos. Chico, quédate con él —añadió el pastor, volviéndose hacia ti.

Antes de que pudieses abrir la boca para protestar, ya se habían marchado.

—No es justo —murmuraste.

El anciano te miró de reojo, con una sonrisa amable.

—¿Tú también quieres ir a llevarle un regalo al Hijo de Dios?

—Bueno… —titubeaste. Lo cierto era que tú tampoco tenías gran cosa.

—Ve a tu tienda, a ver qué encuentras. Yo puedo quedarme solo con los animales unas horas, estoy seguro de que nadie nos molestará.

Sonriendo, asentiste y te lanzaste a buscar entre tus pertenencias. La pequeña tienda de cuero albergaba todo lo que poseías: un trozo de pan y un pedazo de queso; una manta de lana, sucia y ajada; y un viejo tambor. Cogiste el instrumento, no muy convencido y se lo mostraste al viejo.

—No creo que un recién nacido pueda hacer gran cosa con un tambor, pequeño —dijo él, riendo suavemente.

—Había pensado que quizá podría tocarle una canción —explicaste—. Una que me tocaba mi padre cuando era pequeño, para ayudarme a dormir. Hacía que me sintiese seguro.

El anciano reflexionó unos instantes y, finalmente, asintió.

—Sí, eso tiene sentido. De hecho, me parece perfecto. Ahora date prisa. Si bajas corriendo al pueblo, puede que llegues incluso antes que los demás.

Siguiendo el sendero que las propias ovejas habían abierto en la nieve el día anterior, te dirigiste hacia el pequeño pueblo de Belén. Con el tambor a cuestas, recorriste sus estrechas calles en busca de alguna señal que indicase dónde podía encontrarse el niño. Al volver una esquina, viste una humilde posada y, junto a ella, un pesebre. La luz que provenía de su interior te llamó la atención y, al acercarte, los viste.

Sobre la paja, junto a los animales, una familia se acurrucaba para mantener el calor. El hombre arropaba con una manta a su esposa, que sostenía a un recién nacido en brazos. El bebé lloraba. Los demás pastores aún no habían llegado.

Te acercaste y ellos levantaron la mirada. No sabías qué decir, así que simplemente sacaste las baquetas y empezaste a tocar. Tus nervios se fueron disipando a medida que el alegre ritmo llenaba el pesebre y una agradable calidez inundó tu corazón.

El Hijo de Dios dejó de llorar, te miró y, para tu inmenso júbilo, te sonrió.


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