Tienes los ojos desencajados, el pelo revuelto y unas cuantas perlas de sudor brillándote en la frente. No sabes qué hacer. Tu problema es de los gordos. Si no mueves ficha la perderás. Has de comprarle algo bonito, algo que la haga feliz y obre el milagro, pero no sabes por dónde empezar a buscar.

Te maldices. ¿Por qué nunca te paraste a escucharla? Te das cuenta de lo poco que sabes de ella, de sus gustos, de sus cosas… a pesar de que lleváis juntos una pequeña eternidad. Has de compensarla, si no, todo se irá al traste y, aunque tarde, te has dado cuenta de que no deseas perderla.

Pero ¿cómo se compensan las horas de soledad, las deslealtades, los desprecios, las ausencias, la falta de apoyo…? Aunque vivieras mil años sería imposible arreglarlo. Y acerca de los regalos, ya se los has hecho todos. La has cubierto de joyas, la has paseado por todos los continentes, por los siete mares, por todos los eventos imaginables, con todos los personajes famosos e importantes.

—¿Cómo se elige el regalo perfecto? —preguntas a tu amigo Juan—. ¿Qué se le regala a alguien que lo tiene todo?

—Hum… Déjame que piense. —Es todo lo que recibes, aparte de una sonora risotada. Ya nadie te toma en serio. Vives inmerso en una sociedad superficial que se ríe de todo.

Era más fácil cuando solo eras un don nadie. Después llegaron los éxitos, los premios, y te convertiste en un afamado diseñador. Por tu tablero de dibujo pasaron muebles, objetos cotidianos, menaje para el hogar, diseños textiles para toda clase de tapicerías, toallas, camisetas, incluso los aparatos de cuarto de baño salieron de tu mente creativa, también lo hicieron las lámparas, y todo lo que puedas imaginarte para decorar y equipar una vivienda, esculturas y cuadros incluidos. Subiste al Olimpo de los creadores y como tal te comportaste durante años, décadas, hasta que fuiste destronado.

Aunque en tu época dorada se multiplicaron las largas jornadas de trabajo, los viajes de negocios, las salidas al extranjero, la vida top en una palabra. Mandaste construir esa casa tan cara y enorme, y te quedaste sin tiempo para disfrutarla, para estar allí con la familia, para vivirla en el amplio sentido de la palabra.

Aunque sí tuviste tiempo para otras mujeres, era tan excitante esa vida... Fuiste adorado por todas ellas, te llevaron a lugares que nunca imaginaste alcanzar. Su belleza y juventud te hicieron sentir aún más poderoso, casi invencible y el uso de sustancias prohibidas se hizo cotidiano. Entonces te llegó el infierno o, mejor dicho, bajaste hasta sus entrañas.

Ella estuvo a tu lado apoyándote incansable, y logró sacarte de allí. Y cómo se lo pagaste, con más de lo mismo. A tus hijos los crio y educó ella sola. Tú hacías tu vida de triunfador mientras los demás miembros de la familia eran unos totales desconocidos para ti. Por eso ahora te ves en este atolladero y no tienes ni la menor idea de cómo arreglarlo.

Cuando ella te propuso el desafío te sonó a juego y aceptaste al instante. Ahora tu aspecto te delata, sabes que es la última oportunidad y necesitas ayuda.

—¿Tienes un momento? —le preguntas a tu hija mayor.

Ella te mira curiosa. No sueles abordarla.

—Dime papá. —Te mira de arriba abajo—. ¿Estás bien? —Te toca el brazo.

Le cuentas la situación y te escucha como nunca hubieras imaginado.

—Como yo lo veo, lo mejor es que no sea nada material en el estricto sentido de la palabra.

No te enteras. Casi nunca sabes de qué hablan las mujeres. ¿Algo inmaterial? ¿Qué demonios te quiere decir?

—Explícate —le ruegas.

—A ver si me entiendes… mamá lo tiene todo, ha estado en todas partes, ha conocido a quien ha querido, ha estado en todos los ambientes imaginables: musicales, artísticos, jet set, realeza… Nada va a sorprenderla.

—Dime algo nuevo —le pides.

—A eso voy. Tú mismo debes ser el regalo.

No te enteras. ¿De qué habla?

—Regálale tiempo contigo, papá.

Y te das cuenta de que el mejor regalo eres tú y de que jamás podrás ofrecérselo porque eres lo único que no está disponible. Podrías estarlo en esta ocasión pero eso no cambiaría nada. El trabajo te absorbería de nuevo y volverías a la casilla de salida.

Ahora sí que estás desesperado. La disyuntiva no está en el regalo sino en cambiar de vida para estar con ella. No estás seguro de querer hacerlo, de renunciar a todo lo que has conseguido con tanto esfuerzo y dedicándole una vida entera. ¿Cómo vas a tirar por la borda el trabajo de toda una vida? Piensas que aún te queda algo de tiempo y que puedes consultarlo con la almohada. Te das una ducha y te metes en la cama. Solo. Ella se ha ido a pasar los días previos con sus hermanas. Seguro que están hablando de ti y del desafío. Cierras los ojos y te duermes pensando que mañana será otro día.

Ella te espera en la fecha y lugar acordados, es decir, en tu casa y dentro de vuestro dormitorio en suite. Le pones delante una caja escrupulosamente envuelta.

—¿Qué es esto? —pregunta.

—Ábrelo —le contestas.

Su aspecto no te da buena espina. Está demasiado seria. Te mira. Alarga los brazos y se acerca la caja. Deshace ceremoniosamente el enorme lazo. Abre la caja con parsimonia. Te pone de los nervios. Mete la mano derecha y saca un maravilloso bolso de Hermès. Lo lleva hasta el otro extremo del vestidor y lo coloca con cuidado en uno de los estantes. Hay otros cuatro exactamente iguales al lado, tienen distintos colores. Se mueve hasta el otro lado y recoge una maleta y sale de la habitación.

Al final no te has atrevido.











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