El arte de regalar es una disciplina cultivada desde el jardín de infancia. Al principio parece sencillo, inocente, garabatos en un folio por aquí, un emplasto de macarrones y pegamento por allá. A veces hasta purpurina, que te dejaba pedacitos brillantes en el pelo durante semanas.

Luego, con la edad, la cosa se complica.

En las películas suelen venderte que nada supera a los regalos hechos por uno mismo; qué coincidencia que todos sus protagonistas sean artistas, o maestros artesanos o chefs de estrella Michelin, y que tengan menos porcentaje de grasa corporal que un bloque de tofu.

«Así cualquiera» refunfuñas para tus adentros mientras te adentras en la marea humana que inunda el mercado navideño.

El común de los mortales —como tú— tiene que abrirse camino como puede con ingenio y un presupuesto ajustado. Son muchos los que se rinden a lo largo de ese ascenso en busca de la perfección y optan por regalos genéricos, tarjetas regalo o incluso un sobre con dinero, pero tú te has propuesto no ser así, no esta vez. Amalia se merece algo más después de los malos ratos que ha capeado contigo.

Pasas por delante de las carpas en las que figuras clásicas del Portal de Belén y Papá Noeles coexisten en una armonía de espumillón, luces de colores y villancicos. Por un instante la familiaridad te transporta de vuelta a la infancia. A cuando hacías bolas y muñecos de nieve de un blanco inmaculado hasta que el agua calaba las manoplas y se te entumecían los dedos. Al aroma a cacao y especias y el sonido del papel de regalo al rasgarse.

Un berrido disipa tu nebulosa de felicidad. Diriges la mirada hacia los causantes del tumulto, con una mezcla heterogénea de fastidio y curiosidad. Dos críos. Una Switch. «¿Qué podía salir mal?».

Te descubres pensando en cómo eran las cosas en tus tiempos, y la pesadez de las décadas de más te golpea en el alma. No es que desees ser niña otra vez, mucho menos volver a pasar por el instituto, pero en ocasiones echas de menos el tinte rosado de la inocencia, de creer en la magia y no saber qué es la pérdida.

Por suerte está Amalia. Siempre estuvo ahí para ti. La chiquilla con sus alegres bucles y constelaciones de pecas y gorros calados hasta las cejas. La mujer risueña con sus libros de poesía y collares de cuentas.

Tus ojos se agrandan al posarse en la siguiente caseta. Por tu cabeza pasa el recuerdo de una cadena rota. Abalorios rodando por el suelo. Y allí está, una réplica casi exacta, con los colores del arcoíris y mariposas doradas. Ni siquiera miras la etiqueta, lo único que importa es la cara que va a poner Amalia cuando lo vea.

—¿Cris?

El frío que de pronto te paraliza por dentro no tiene nada que ver con el invierno. El papel de regalo cruje entre tus dedos.

—Eres tú de verdad.

Puede que una parte de ti haya asumido que no tiene sentido huir. O tal vez sea que te has cansado de hacerlo.

—Hola, Fran. —Consigues aguantarle la mirada durante medio segundo antes de carraspear—. Hacía mucho tiempo.


-.-.-

Decides echarle la culpa a la nostalgia. Es lo único que explica que Fran esté en tu salón, esperando por el café que le has ofrecido, en la misma butaca que reclamaba como suya cada viernes después del trabajo, cuando quedabais los tres para jugar al Trivial y hablar de la vida.

Eran otros tiempos.

Te felicitas internamente al entregarle la taza sin que te tiemblen las manos. Ocupas tu lugar en el sofá con una sonrisa que apenas te curva los labios.

—Nunca pensé que te vería con canas —dices—. Siempre pensé que serías de los que se tiñen hasta la barba.

—Tuve una época —se ríe—, pero llega un momento en que hay que asumir la derrota y envejecer con dignidad. Con la que se pueda. Las crisis de mediana edad sólo son sexys si tienes dinero para comprarte un Porsche.

—Bien dicho. —Cuando sonríes, lo haces de verdad. Pero no dura mucho.

Notas el cambio en el ambiente en cuanto él echa un vistazo alrededor.

—Aquí todo sigue… igual.

—Ya, bueno… Por qué cambiar lo que no está roto, ¿no?

Su mirada se hunde en su taza. Tus latidos se convierten en una implacable cuenta atrás, pero no puedes escapar.

—¿Sigues hablando con ella? —pregunta con suavidad.

—Sabes lo importante que es para mí.

—Era importante para todos, Cris, pero hay que asumir que…

—¡Para!

Al ponerte de pie tiras la taza de café. Apartas los libros de Amalia antes de que se manchen. Oyes como Fran se levanta para ayudar.

—Gracias… —murmuras. Coges el libro que te tiende, pero él no lo suelta.

—Sé que la quieres. Y ella te quería. Pero tienes que pasar página.

—¿Y tú qué sabes?

—Cris…

—¡No! —Dejas los libros a un lado y te yergues—. Vete. ¡Quiero que te vayas! —exclamas en cuanto lo ves abrir la boca.

Asiente con un cabeceo y te sigue hasta la entrada. El pasillo nunca se te ha hecho tan largo. Abres la puerta, pero Fran se detiene justo en el umbral.

—Nosotros también la echamos de menos y pensamos en ella. Y duele, ¡claro que sí!

—Basta…

—Te mereces algo mejor que esto.

—¡Por favor!

Tu eco retumba en el rellano, se estira y se retuerce como si quisiera huir de esas paredes, hasta que por fin se disuelve. Le sigue un suspiro.

—¿Cuánto tiempo más vas a fingir que no pasó? —te pregunta justo antes de que le cierres la puerta en las narices.

Apoyas la frente en la madera y te obligas a respirar. El nudo en tu garganta duele como un puñal.

Todo sería infinitamente más fácil si pudieras convencerte de que el mundo está en tu contra, de que creen que estás loca. Si lo que hubiera en los ojos de Fran fuese enfado en lugar de tristeza.

—Te echa de menos.

No abres los ojos. Tampoco te vuelves.

—¿Lo has oído todo?

—Siempre lo oigo todo.

No te hace falta, porque Amalia es tan vívida dentro como fuera de tu cabeza.

No sabes si el sonido que brota de tus labios es una risa o un quejido.

—¿Te acuerdas del collar que te regaló tu abuela? Cuando nos graduamos —dices—. Siempre te encantaron las mariposas. Querías recorrer la ruta migratoria de las mariposas monarca. Era tu sueño. Pero el collar se rompió y te pusiste muy triste y…

—¿Recuerdas cómo se rompió?

Parpadeas dos veces.

—¿Por qué lo preguntas?

En tu cabeza las cuentas caen, una a una. Y el asfalto se tiñe de rojo.

—Sabes por qué.

Su sonrisa triste y translúcida es lo último que ves antes de abrir la puerta y echar a correr.


-.-.-

El cielo es gris. El suelo, una mezcla de barro oscuro y verde escarchado. En ese collage de tonos mortecinos, el collar que reposa sobre la lápida es la única fuente de color. Sus cuentas de arcoíris y las mariposas cobran vida bajo la luz invernal.

—Gracias por venir conmigo —dices.

Fran te da un apretón afectuoso en el hombro.

Es difícil. Irreal. Cada vez que metes una de sus cosas en una caja, sientes como si un trocito de ti se fuese también. Pero es lo único que puedes hacer para avanzar, soltar lastre y esperar que lo que queda de ti sea suficiente para empezar un nuevo ciclo.

—No estarás sola.




Comentarios
  • 1 comentario
  • Raquel Valle @ValleS hace 5 meses

    Qué relato tan emotivo. Está lleno de sentimientos, como todas tus historias:) Enhorabuena!


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