Has vuelto, como cada año. Cabe preguntarse si te darás cuenta, por fin, de que existo. Si estas navidades serán distintas a las demás.

Como cada doce meses, entras con paso firme a mis dominios. ¿Te dignarás a pasear por mi sección? ¿Y a mirarme? ¿Cambiarás cómo me he sentido al verte, año tras año, desfilar sin que me dedicaras un ápice de atención?

Eres alegre, guapa y hablas en un tono de voz por encima al resto. Es imposible no saber que has entrado en una habitación. Cuando lo haces todos se giran hacia la puerta. Eres un acontecimiento social, la protagonista de las historias que se cuentan al final del día. A simple vista, no tienes nada que ver conmigo. Si posaras tu mirada en mí me catalogarías de clásico, cuadriculado y no demasiado atractivo. No pasa nada. Tendrías razón. La primera impresión es la que cuenta y no habrías errado. Lo reconozco: no puedo competir con los músculos de algunos de mis compañeros, ni con los momentos de diversión que puede ofrecerte otros colegas.

El año pasado te encaprichaste de aquel rubio con el traje azul ajustado y del tipo con el jersey rosa chicle echado por encima de los hombros. Puedes soñar con que alguno de ellos te lleve a París, pero serían incapaces de localizar dicha ciudad en un mapa. Tampoco sabrían decirte la capital de Rumanía o el lago más grande de Canadá. Allá tú.

¿Y qué decir del año anterior, cuando saliste por la puerta con aquel doctor? ¡Valiente galeno! Ignoraba el juramento hipocrático, quién descubrió la penicilina y se quedaba en blanco cuando se le nombraba a Marie Curie.

No te tomes esto como un reproche. Se trata de meras… observaciones. Eres joven y es perfectamente comprensible que aún no te interese Madame Bovary, el cine de John Ford, Claude Monet o Marcel Duchamp, por mucho que hace tres inviernos estuvieras decidida a convertirte en la próxima Georgia O´Keefe. Oh, sí. Tú no me viste, pero por aquel entonces ya estaba yo por aquí.

Ojalá supieras que no soy invisible. Ojalá te acercaras a mí y quisieras conocerme mejor. Quizá no lo hagas porque piensas que soy poco accesible. Le pasa a más gente, no creas. Quizá no veas ningún atractivo en mí porque me gustan los datos curiosos, el queso y los domingos lluviosos. Te sorprenderá saber que, de vez en cuando, puedo ser divertido. Claro que para eso habrías de conocerme y pasar dos o tres horas conmigo. Si tras una tarde juntos decidieras que no quieres saber nada más de mí, podrías mandarme a paseo y quedaríamos tan amigos. Sin rencores.

Pareces demasiado joven para entenderlo, pero pronto te darás cuenta de que la diversión por la diversión no es lo único importante en esta vida. Que, de tanto en cuanto, es necesario un estímulo intelectual, una sacudida de neuronas, una descarga eléctrica que haga que el cerebro baile y pida más. Y tal te acuerdes que de existo, de que siempre estuve allí para ti y, entonces, vendrás a buscarme.

Si quisieras, vivirías una bonita historia conmigo a tu lado, como la de Napoleón y Josefina, como la de Cleopatra y Marco Antonio, o como la de John Fitzgerald Kennedy y Jacqueline Bouvier. Si ese fuera tu deseo, pasarías las tardes muertas conmigo al lado, charlando de cine, arte, ciencia, geografía…

Ah, malditos prejuicios.

Tras dar varios paseos por el local, hablas con Olga. Le comentas, abriendo mucho los ojos, que buscas el regalo perfecto. Es lo mismo que le dijiste a Raúl el año pasado y a Manuel el anterior. Si pudiera me reiría: no existe tal cosa. Tu misma presencia lo corrobora. La especialidad de Olga es el deporte, o eso cree ella. Te aconseja sobre tenis, baloncesto, fútbol y se atreve a mencionarte el boxeo. No me malinterpretes: su intención es buena, pero resulta llamativo que, tocando de esos temas, no sepa cuántos títulos ganó Pete Sampras, ni el nombre real de “Magic” Johnson, ni qué selección ganó el primer mundial de balompié ni en qué año venció George Foreman a Joe Frazier.

Si buscas el regalo perfecto has de saber que no existe. Que lo que sucede es que algunos tienen mejor prensa que otros. En estos tiempos que corren, una buena campaña publicitaria lo es todo.

El regalo perfecto no es existe. Tal vez una bandeja de cuarenta y ocho croquetas llegue a parecérsele, pero aquí no venden de eso.

El regalo perfecto no existe, salvo si eres un muñeco de la Patrulla Canina y estamos en 2015.

El regalo perfecto no existe. Por eso tu padre resopla cada vez que le llevas a la juguetería y le aseguras que esa vez sí, que ese viaje ha sido el bueno y que, al fin, has encontrado lo que tanto deseabas. Que ya eres feliz. O que, al menos, lo serás hasta el año que viene.

Así que haz lo que te plazca: puedes llevarte al capitán América y a Ken a casa. Puedes encapricharte del funko de Doctor Who, colocar una canasta de gomaespuma en tu cuarto, montar en un monopatín eléctrico o pintar con ceras, acuarelas, purpurina o lo que quiera que se te antoje en ese momento. Nada de eso hará que ceses tu búsqueda del regalo ideal, porque te aburres de todos tus juguetes. Por eso vuelves. Todo te aburre porque todo es pasajero. El regalo perfecto no existe. Solo hay algo que pueda parecérsele, pero lo has ignorado año tras año. Y ya es suficiente. Hoy tienes que poner sus ojos sobre él, ponerte de puntillas, deslizar un dedo sobre la parte superior de la caja y sacarlo de la estantería que comparte con los puzles y los juegos de construcciones. Todo pasa, pero el conocimiento permanece. Elígeme a mí. Elige Trivial Pursuit.


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