–Bueno, ¿vas o qué? –insistió Lidia.

Jorge estaba sudando. Había conseguido por fin convencer a los demás de jugar al strip poker, pero no contaba con que iría ganando una de cada cuatro manos. La chica por la que estaba hasta los huesos se había quedado en sujetador, mientras que él seguía invicto. Los otros dos jugadores, sus amigos Miguel e Isa, llevaban aún la misma ropa con la que habían entrado a la casa huyendo de la tormenta.

–¿Quieres dejarme pensar? No me arruines la racha, anda.

–Racha, ya. Apuesto a que haces trampas –se rió Isa–. Es casi como que estás perdiendo el tiempo a propósito para que nos distraigamos y cojas las cartas que tienes escondidas bajo la manga.

–Será una broma, ¿no? –se sonrojó Lidia.

Jorge no sabía dónde meterse.

–Creo que oír la dura verdad lo ha dejado mudo –dijo Miguel, y acto seguido empezó junto a Isa a reírse a carcajadas.

–Ja, ja. Seguid riéndoos cuando os desplume –resopló Jorge.

–Querrás decir “desnude” –respondió Miguel.

–Y tú serás el primero –sonrió.

–Bueno, bueno, no sabía que me tenías esas ganas –siguió riendo Miguel–. Pero de todos modos, si eso es lo que quieres, deberías cambiar de víctima, ¿no?

–¡Pero si no paras de retirarte! –saltó Lidia–. ¡Es más, parece que eres el que se está retirando a propósito para dejarme a mí sola ante el peligro!

–¿Es eso cierto, Miguel? –dijo Isa lanzándole a Miguel una mirada asesina–. ¿Qué pasa? ¿Acaso esto –se agarró los pechos– no es suficiente para ti?

–¡Pero si tú también te estás retirando! –replicó Miguel–. ¡Si jugaras, ya te las habría visto! Pero bueno, sería la quinta vez hoy...

–Tampoco será para tanto.

Todos se giraron hacia Lidia, que simplemente se encogió de hombros como respuesta.

–¿Perdona? –dijo Isa.

–No sé, igual es mi mera opinión, pero para mí no son para tanto.

–¿Que no son para...? –empezó a quitarse la chaqueta–. ¿¡Que no son para tanto!?

Los dos chicos permanecían callados mientras las otras dos discutían con el sujetador puesto.

–Solamente digo que para mí, la forma es más importante que el tamaño –explicó Lidia tranquilamente.

–Ese es el argumento base para todas las que las tienen pequeñas.

–Mejor dos pequeños kiwis en su sitio que dos pomelos colgando, ¿no crees?

–¡Teta que tapa la mano no es teta, sino grano!

–Pues yo estoy de acuerdo con Lidia –intervino Jorge.

Todos lo miraron. Isa arrugó la nariz, mientras que Lidia sonrió y, aprovechando el silencio, cogió las cartas de Jorge y les dio la vuelta.

–¡Eh! ¿Qué haces?

–Ver qué brillante jugada tenías preparada para verme las tetas, genio –le sonrió–. Vaya, vaya. ¿Un farol? ¿En serio?

–¡Por verlas merece la pena cualquier jugada! –gritó.

Para cuando se dio cuenta lo qué había dicho, los demás estaban riéndose en el suelo.

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