―Tú, quítate la chaqueta ―ordenó el pintor a uno de sus tres modelos―. Espera. ―Levantó el pulgar y cerró un ojo―. Déjatela así, medio puesta; me servirá como hiperbatón.

―Me parece que este no sabe lo que es un hipérbaton, con acento en la “e” ―recalcó el chico del puñal, con sonrisa maliciosa―. Como pinte igual que habla…

―Leonardo, Rafael, Miguel Ángel… genios incomprendidos en vida ―se defendió el artista―. Para un creador, no hay nada peor que ser aplaudido. Cuando la crítica ensalza alguna obra mía, la quemo. ¡Qué mediocridad ser alabado!

―Pero bueno, ¿quién te crees que eres? ―El de la chaqueta buscaba un golpe de efecto que mostrase el elevado intelecto que creía poseer―. ¿Una puta tortuga ninja mutante adolescente? ¡Si no sabes más que lo que has aprendido en la escuela!

―Es que yo no sé hacer nada útil ―y escupió sobre el lienzo―, por eso soy un artista.

―Un ti-tío mío ―tartamudeó el que sostenía las cartas―, u-una vez, se creyó Borges. Y escribió el A-a-aleph, sin haberlo leído antes.

―Tú pon cara de bobo y a callar ―dijo el de la chaqueta, necesitado de seguir machacando a alguien para mantener intacta su autoestima de macho alfa.

―A-a-a ver, y-y-yo solo digo que la n-n-n-aarrativa del cuadro no f-f-funciona ―insistió el bobo de las cartas, resuelto a no parecer acobardado por su colega―. Ve-veo perfectamente cómo le-le das la se-seña, tendrías que ponerte má-má-más atrás o algo.

―Ni yo necesito ayuda para ganarle ―apuntilló el del puñal―. Espero que eso quede reflejado en el cuadro, maestro.

―¿Lo qué? ―preguntó el pintor, molesto por tantas interrupciones.

―“El qué”, no “lo qué”. ―Suspiró―. Decía que podría haberle ganado sin trampas.

―Y tú-tú qué sabes.

―Mi personaje sabe que podría haberte ganado. ―El del puñal estiró su dolorida espalda. Buscaba las palabras adecuadas―. Mi personaje no haría trampas contra un retrasado como tú. A eso me refiero.

―En to-toda obra ―explicó el bobo― cada pe-personaje representa un aspecto del autor. No es tu pe-personaje, es el su-suyo. ―Señaló al pintor―. El mo-modelo no es relevante, to-todo artista se expresa si-si-siempre a sí mis… ¡ay!

―Cierra el pico de una vez. ―El de la chaqueta le dio un coscorrón al bobo de las cartas y se sintó hombre de nuevo―. Haces que me duela la cabeza

―Por cierto, maestro, los genios que citaste fueron aplaudidos en vida, y mucho. ―El del puñal volvió a su incómoda postura―. Y, a propósito, ¿por qué copias un cuadro de Caravaggio?

―Explicártelo sería perder el tiempo. ―El pintor arrastró su cara por el tapiz. Su lengua se volvió ocre―. No estoy copiando a Caravaggio ―protestó―, lo transgredo en una paradoja epentética subjetivista. La obra se llama “El chimpancé arrugado”. Pero le firmaré con pseudónimo.

―”La firmaré” ―corrigió el del puñal, que no soportaba los leísmos.

―Puto chiflado ―dijo el de la chaqueta, dejando caer la prenda al suelo―. ¿Y no está meando a chorro contra el cuadro, el pervertido ese?

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Liara @Elsa hace 1 año

    Me ha gustado mucho

  • z666 @z666 hace 1 año

    me alegro de que hayas pasado un buen rato con él.


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