Alba suspiró con resignación mientras sacaba las llaves del bolsillo para abrir el portal. «Este día no podría ser peor», pensó mientras cruzaba el descansillo hacia las escaleras. Ascendió con pasos pesados hasta el tercer piso y se paró frente a la letra C. Volvió a suspirar. Encajó la llave en la cerradura y abrió la puerta con un sonido metálico. Al fondo, sobre la mesilla que quedaba detrás del sofá había una vela encendida. Anduvo unos pasos acercándose poco a poco a la luz. La vela estaba clavada sobre una magdalena de esas que tienen pepitas de chocolate por fuera y un corazón fundido por dentro.

Alguien la cogió con delicadeza por la cadera desde detrás. Sólo podía ser él.

–Sé que has tenido una semana horrible y no podía dejarte sola.

–Eres idiota, ¿lo sabías?

–¿Por traerte una magdalena o por hacerme setecientos kilómetros para verte?

No contestó de inmediato. Estaba llorando al fin. No pudo contenerse más. Su padre llevaba días ingresado y no parecía que fuese a mejorar. Tener a Luis allí con ella parecía más un sueño que una realidad.

–Por hacerme llorar. –Sonrió mientras se giraba para besarle–. Eres un idiota.

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