El pan estaba duro. ¿Qué razón habría para que nos diesen el pan del día? Encima tenía que aguantar las fanfarronadas de Claudio.

-¡Por Júpiter, sí que era fuerte el tracio! Pero nadie puede vencer a Claudio el Indomable.

-Pero si huiste al verlo. En toda Roma saben que eres un cobarde.

-Eso no me lo dices a la cara.

-¿Y a dónde te lo estoy diciendo, imbécil?

Recuerdo haber probado aquel filete reseco antes de que él saltase sobre mí completamente enajenado, como si fuera una de esas bestias tracias olvidando todo su entrenamiento. Después de eso, sólo oscuridad.

-Una buena historia.

-¿Cuál es la suya? –pregunté curioso.

-Oh, no tengo ninguna. Soy solo un simple barquero. –Él me sonríe con su dentadura amarillenta-. Sube o llegarás tarde al juicio. –Me tiende una mano huesuda que acepto sin pensarlo dos veces.

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