Obama se llevó la mano a la nuca, empapada de sudor. La máscara se le pegaba y le costaba ver a través de las rendijas. Iba tapado de pies a cabeza, sin un centímetro de piel que pudieran reconocer.

—Puta, te he dicho que no te muevas. —Agarró del pelo a la gestora del banco mientras sostenía el subfusil—. Y también va por los demás. Al mínimo gesto raro os vuelo la cabeza.

Los pocos rehenes que habían tomado estaban apelotonados en la esquina más alejada de la puerta. Obama, Trump, Bin Laden, Nixon y Kennedy vigilaban mientras Bill Clinton y su esposa estaban con el director en la sala de seguridad. Ella fue metiendo las joyas y billetes en bolsas industriales mientras el político encañonaba al empleado.

—La policía estará aquí en pocos minutos. Los billetes del fondo del cajón disparan la alarma.

—Cállate. —Le clavó con fuerza el cañón del arma contra las costillas.

A los 10 minutos, ese banco de Beacon Beach estaba rodeado por la policía. Una mujer sollozó y su marido le cogió una engalanada mano.

—La de las joyas, mételas en esta bolsa. —Trump se acercó y le tendió el saco.

—Esto no es lo que habíamos hablado.

—Solo son unas joyas, negrata. —Se giró hacia los rehenes—. Cambio de planes, todos vais a darnos los objetos de valor.

El matrimonio Clinton se asomó y esperó a que acabasen de depositar sus pertenencias en la bolsa.

—Cogeos de las manos y caminad hasta la sala de seguridad.

Bill Clinton les cerró en la cámara acorazada y tomó uno de los sacos.

—Coged uno cada uno.

Después, se dirigieron hacia el despacho del director. Allí, Bill Clinton voló el suelo con explosivos. Seguramente los trabajadores desconocían que bajo esa sucursal había un conducto que llegaba hasta un canal, donde les esperaba Palin con dos lanchas.

Obama descendió por el conducto detrás de Trump, que bajaba con dificultad debido a las dos bolsas. «Ese no era el plan», se repetía.

—¿Por qué habéis tardado tanto? —Palin repiqueteaba sus dedos en el salpicadero.

—Trump estaba improvisando. —Obama cargó su bolsa en la barca, como el resto.

Trump se estaba cansando del demócrata. Lo tenía cruzado desde hacía semanas, cuando planearon el golpe, estudiando los mapas del lugar.

—¿A ti qué coño te pasa? Deja de tocarme los cojones.

Lo tenían todo calculado. «¿Qué más le da que mangue las joyas?», pensó.

—Vas a hacer que nos maten. —Obama le pegó un empujón.

Trump tiró el supuesto subfusil, pues no era un arma real. No tenían intención de matar a nadie. Ambos forcejearon. Hasta que se detuvieron, boquiabiertos, y descendieron sus miradas hacia sus respectivos tórax, de donde brotaba sangre. Los dos políticos se desplomaron mientras el resto trataba de entender qué había pasado. Una ráfaga acabó con los otros cuatro atracadores.

Palin encendió el motor y se alejó del lugar. «Qué trabajo más fácil», pensó. La policía nunca sabría qué había sido del botín.

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