Montoya era el matarife del pueblo. Lo llamaban cuando había que matar cerdos, terneros y corderos. Sus brazos eran tan fuertes que podían sujetar a cualquier bestia. Luego, certero, les clavaba muy hondo el cuchillo y los desangraba en un cubo.

A veces las viejas le pagaban para que les matase los pavos, aves animosas y difíciles según Montoya. Pero entonces Montoya no usaba su daga, como él la llamaba, sino que les retorcía el pescuezo con las manos desnudas.

Le puso ese nombre, la daga, porque lo vio en uno de esos libritos de aventuras que le gustaba leer de pequeño. La mandó hacer igual que salía en la ilustración de la portada, con una hoja larga y afilada.

La daga de Montoya fue el fiel instrumento de su oficio hasta el día en que Don Héctor lo llamó para que sacrificase un caballo. Héctor nunca había matado a un caballo, pero igual cogió su daga y salió a hacer el trabajo.

Cuando vio al animal se dio cuenta de que no iba a ser capaz de hacerlo. No entendía por qué, era un caballo, simplemente un caballo. No lo había alimentado él con manzanas recién caídas del árbol, no lo había cepillado, no había acariciado antes su crin como estaba haciendo ahora. Él todavía corre, pero yo ya no puedo subirme, explicaba Don Héctor, a su lado. Traía consigo un barreño grande y negro que dejó a sus pies. Nadie puede pagarme lo que vale, asi que lo mato. Pero a mí me da pena, pobre bestia, y a ti te da igual cabra que conejo, ¿eh Montoya?

Montoya sudaba. Sostenía la daga en su mano derecha. En la izquierda, nada, al caballo no había que sujetarlo, estaba quieto, esperando. Dale, Montoya, que esto no se va a llenar solo. Quería decirle a Don Héctor que no iba a hacerlo, pero no podía. Un matarife no puede negarse a un servicio cuando ya está en la casa y ha mirado al animal a los ojos.

Era mucha carne, pensó, daría de comer a los perros, que ya ladraban ansiosos desde sus jaulas, durante un buen tiempo. No creíste que acabarías así, caballo, ninguno se lo espera hasta que tiene el cuchillo en la garganta. El caballo cayó sobre sus rodillas y se desplomó en silencio.

De camino a casa, arrojó su arma al río. A partir de hoy, que se entienda cada uno con su propia daga.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Hola, Z. Perdona que te deje el mensaje en esta historia, pero no sé como hacerlo por privado. He borrado mi historia para modificarla según tus consejos. Te estoy muy agradecida por ellos. Saludos. Atico

  • z666 @z666 hace 2 años

    creo que todavía no se pueden mandar privados en la web. Está bien revisar y mejorar lo ya escrito pero, según mi experiencia en este campo, suele dar mejor resultado poner en práctica las habilidades de uno en un nuevo relato.


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