Una prostituta me dijo una vez que comer hielo era evidencia de insatisfacción sexual.

No sé cómo sea en otros lados pero acá, en mi ciudad, hay locales, imitando barberías, supuestas "estéticas masculinas" con lonas impresas con mujeres rubias y castañas en lencería cubriendo las vidrieras enteras de sus fachadas.

Nunca había entrado a tales lugares pero como escritor que soy creí que era mi deber conocer a una prostituta, aunque fuera sólo una charla o una cogida.

No, es mentira, ese fue sólo el pretexto para estar con ella.

La conocí en una evento.

Tocaba la banda de un amigo, él es baterista, toca pésimo pero es importante hacer acto de presencia en tales situaciones, para eso son los amigos, ¿cierto?

Fue en una casa en ruinas, sí, es otra cosa que se hace acá.

Dentro vendían, desde la ventana de la cocina, cerveza de barril y tequila y vodka con refresco negro o de toronja y mucho hielo en vasos desechables.

La verdad es que no tomo, sólo cuando se da la ocasión, y cuando Rafa y su banda empezaron a tocar, esa era la ocasión.

Pedí un vodka, los hielos eran sí o sí, para que rinda. En ese aspecto los tipos que te servían el alcohol era unos profesionales aunque fueran vestidos como para jugar Zelda y comer nachos con queso en su puta casa, que daban asco.

Tenía que parecer que fui a verlos así que fui a verlos, me abrí paso entre la muchedumbre de pubertos no tan pubertos hasta estar lo suficientemente cerca el suficiente tiempo para que Rafa supiera que estaba ahí, después regresé a la barra improvisada y pedí un refill, en serio no tomo, pero esa noche se me antojaba, lo necesitaba.

Más vodka, más fresco, más hielos.

Se me están acabando las palabras así que iré al punto, al principio, al final, iré a ella.

Llevaba jeans rotos y una camiseta de The Clash, si me preguntas, salió de la nada.

—Comer hielo es una señal de insatisfacción sexual, ¿sabías? —me dijo.

—No, no sabía —le respondí con los pedacitos de hielo en la boca, la miré, era preciosa.

—Ahora lo sabes —dejo ella.

Ese simple contacto fue como una puñalada, no había más qué hacer, ella había hecho lo suyo, me había obsesionado. No era amor a primera vista, no creo en esas estupideces de películas de Hollywood, de chick-lit, las cosas como son, estaba obsesionado, así de simple, lo supe en el instante en que me entraron ganas de golpearle la cara, arrastrarla a los baños, follarla contra la pared. Parecía la clase de chica a la que le gustan esas cosas, los hielos de mi vaso se habían acabado.

Me contuve.

—¿Cómo lo sabes? —pregunté.

—Porque soy una puta —contestó.

Ella rió al ver mi expresión, estaba ebria.

—Todas dicen eso —dije confiado.

—¿Sí?, pues yo lo soy —me espetó mirándome a los ojos.

Le creí, de pronto, al verla, frente a mí, como era.

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