Cuando despertó, todavía estaba allí. Inmerso en sus pensamientos.

Las cicatrices de su rostro, que refulgían en la tenue habitación como recuerdos de una vida dura, no hacían mella en su mirada penetrante de ojos azules. Era una mirada decidida, llena de odio y de un pesar tan negro como el color de su cabello.

Sabía lo que tenía que hacer. Tenía el billete de avión sobre la mesita, aunque sabía que jamás lo llegaría a utilizar. Lo había repasado miles de veces... No podía fallar. Era ahora o nunca.

Cogió su mochila, se la colgó de manera indiferente sobre uno de sus hombros y dejó que la droga que había tomado unos instantes antes tomara el control. Estaba hecho.

Bajó en el ascensor de su apartamento situado en Park Avenue, salió a la calle y se subió al primer taxi que pasó frente al portal de su casa.

Llegó a su destino veinte minutos más tarde, con perlas de sudor brotando de su frente que estaba ligeramente tapada por una tupida capa de pelo.

Cuando subió a la azotea del edificio, todo estaba ya en su lugar. Recogió su rifle de larga distancia, se tumbó en el suelo empedrado y tomó posición.

Había hecho esto cientos de veces. Ya nada lo turbaba. Para él no había personas, tan solo había objetivos. Era un especialista. Su trabajo era su vida y su vida era su trabajo. Nadie sabe ni sabrá nunca cómo pudo convertirse en lo que es.

El vuelo de una paloma cercana desdibujó por unos instantes el silencio. Inspiración. Espiración. Un pequeño chasquido se oyó en el momento en que apretó el gatillo. La bala salió disparada hacia su objetivo que esperaba tranquilamente en la esquina de la Segunda Avenida con la 47 bebiendo su habitual café matutino del Starbucks.

Un grito estremeció la ciudad cuando vio caer de la azotea al extraño hombre. Un fuerte estruendo se produjo tras el impacto de su cuerpo drogado contra el suelo.

Sangre.

Silencio.

Estaba hecho.

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