Cuando despertó, todavía estaba allí, colocado minuciosamente en su maleta Louis Vuitton Zéphyr 55 abierta. Un asesino nunca ha de caer en la deselegancia, decía. La noche anterior ya había colocado todo con detalle. Este trabajo, que podía llevarle horas, comendaba por ordenar la carga sobre la gran cama del hotel, a la izquierda ropa y complementos, a la derecha las bolsitas herméticas con los restos humanos. Lo primero en ser ubicado eran sus trajes y la gran bolsa con la final piel canela desollada de los tobillos al cuello; en el fondo de la maleta colocaba dos trajes, un Armani y el Fioravanto gris, sobre estos el pellejo ensangrentado y cubriéndolo el Zegna y un precioso K-50 negro. Tras ello llega el momento de los zapatos y pies, unos dentro de los otros, en esta ocasión el joven calzaba un 45 y fue preciso cortar los dedos de los pies para que encajasen correctamente en los preciosos Tesotoni de cocodrilo. Las camisas, todas de la marca Eton en distintos tonos, van doblaras de manera cilíndrica alrededor de los musculosos brazos y piernas de fiambre. En la bolsa del fino pijama de seda Derek Rose siempre mete una docena de pequeñas bolsas con sus partes fetiche: los largos dedos de pianista, los ojos turquesa, las pequeñas y contorneadas orejas y los finos labios sonrosados. Finalmente al rededor del musculoso torso se coloca el gabán Gucci de invierno. Solo queda coger la bolsa con la cabeza de delicada nariz y marcado mentón y colocarla en el fondo de la bolsa de golf, coger el billete de avión y llamar a recepción para solicitar un chofer que lo acerque al aeropuerto.

En más de diez años de profesión jamás tuvo ningún problema en pasar ningún control en el aeropuerto y ya ha acumulado más de 10 millones de millas en su frequent flyer card, un récord que hasta ahora solo han conseguido seis personas, “menos de las que han pisado la Luna”.

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