Cuando despertó, todavía estaba allí, a su lado. Su melena negra le cubría parte de la cara, pálida en comparación, y le ocultaba las cicatrices de las que tan orgullosa se sentía. Mechones de cabello se desparramaban también sobre la almohada y entre las sábanas, no mucho más caóticos de lo que lo estaban durante el día, cuando ella los recogía sin demasiado cuidado en un moño cruzado por dos agujas de plata. Estas descansaban ahora sobre la mesilla, inofensivas, encima de un billete de avión ya inútil.

Llevaban demasiado tiempo fingiendo. Fingiendo que ella sería capaz de alejarse tanto como debería, fingiendo que él podría dejarla marchar. Fingiendo ser más fuertes de lo que eran, y que lo que sentían el uno por el otro no era el enemigo más peligroso al que se habían enfrentado. Sabían que su imprudencia podría teñirles las manos de sangre.

Y, con la luna a punto de bañarles sobre la cama, supo que ya era demasiado tarde.

Ella abrió lentamente los ojos, y le descubrió allí, observándola. Lo que vio la despertó de golpe. Se incorporó con esa fascinante agilidad suya mientras clavaba la mirada en la noche que se desperezaba al otro lado de la ventana.

—No te has ido —dijo él. Más que decirlo, lo gruñó, aunque ya apenas le quedaba suficiente conciencia de sí mismo como para darse cuenta.

Ella le miró fijamente un solo segundo antes de responder.

—Tú sí. —Se abalanzó sobre sus agujas de plata, y la luz de la luna llena les arrancó un destello mortífero antes de que el primer aullido inundara la habitación.

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