Cuando despertó, todavía estaba allí.

Abrió sus grandes ojos de gato, de un verde intenso y brillante, aún adormecido y la vio en uno de los asientos de aquel avión medicalizado.

Aún llevaba la blusa blanca ensangrentada y el cabello oscuro recogido en aquel moño desarreglado que tanto le gustaba hacerse. Estaba pensativa, jugando con los abalorios de la pulsera que él mismo se había encargado de hacerle durante esos días.

Recordaba el día en que su jefe le ordenó que fuese a buscarla a su lugar de trabajo para emprender el viaje del que ahora regresaban y rescatar a su novio secuestrado. Cuando la vio salir de aquel edificio de oficinas a toda prisa y con la mirada perdida, pensó que se trataría de otro caso más con otra señorita desvalida e indefensa. Pero se equivocó.

Aquella jovencita, que tan pronto era un mar de lágrimas como un potro desbocado y había conseguido terminar con su paciencia en más de una ocasión, consiguió calar hondo en su frío corazón.

La misma que hacía unas semanas era incapaz de sostener un arma entre las manos y ahora terminaba con todos sus demonios de un disparo, dejando atrás su ética y sus principios. Morir por ella formaba parte de su trabajo pero jamás pensó ser tan importante como para que matase por él.

Estaba convencido de que algún miembro del personal médico le habría pedido encarecidamente que se fuese a descansar a otro lugar, y también de que se habría negado. Pero no necesitó imaginar mucho, pues uno de los doctores se acercó con la misma idea.

—Necesitas descansar, Sonia.

—Tendré tiempo cuando llegue a Madrid —respondió, con la mirada fija en los abalorios de su pulsera con los que seguía jugando, visiblemente nerviosa— Debe ponerse bien…

Murmuró aquellas palabras como si se tratase de una oración, para sorpresa de su malherido compañero.

—Aquí no hay nada que hacer, está sedado. Tú, en cambio, deberías comer algo.

—No tengo hambre. —dijo, con el mismo tono cortante de la primera respuesta.

—Al menos, beber algo —la joven alzó la vista con cara de pocos amigos, pero el doctor no estaba dispuesto a ceder—. Acompáñame, por favor. Es por tu bien.

Se levantó a regañadientes y se acercó a la cama de su compañero para mirarle durante unos segundos, agarrando su mano inerte y fría.

—Debes ponerte bien… —le susurró.

Después, caminó junto al doctor para abandonar la habitación, no sin antes dirigirle una última mirada con los ojos llorosos.

—Le he comprado un billete de avión en primera clase… Lo ha hecho añicos delante de mis narices... —dijo un hombre, poniéndose frente a la cama.

—Ya sabes cómo es, Fernández. —respondió, ante la pregunta de su jefe.

—¡Terca como ella sola!

—¿Qué va a pasar con ella?

—¡Preocúpate por ti, cabrón! ¡Ni siquiera sé cómo sigues vivo!

—Responde a mi pregunta.

—Supongo que volverá a su casa.

—Era lo que quería escuchar.

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