Cuando despertó, todavía estaba allí, dormida. La luz de ese domingo se filtraba por las persianas atravesando la piel de Helena, desnuda por completo, vencida por el sopor del verano. Javier estaba de pie, observándola, recorriendo la piel de sus muslos pequeños y delgados, su piel bronceada desde la frente hasta los tobillos, su piel marcada en la espalda con una pequeña cicatriz, la piel de su nuca escondida por los bucles de su cabello, su piel dormida y tranquila.

Helena comenzó a chasquear con su boca, luego dio un bostezo y estiró sus extremidades hasta cubrir con su cuerpo la extensión de la cama. Abrió los ojos y se quedó mirando a Javier. Se levantó y así, desnuda, elevó por completo las persianas.

—El día está al revés. La ciudad entera está al revés. Todo está al revés.

Luego miró a su alrededor y empezó a voltearlo todo: las sillas, la pequeña mesita, el portaretratos, una pequeña porcelana aquí y un maletín allá. Ese par de zapatos también. Se vistió también al revés, con las bragas en la cabeza, las mangas de la blusa rota de forzarla cada mañana a entrar en los tobillos y las botas de un jean viejo en sus brazos. El pobre Javier, pobre de verdad porque se lo gastó casi todo en medicamentos, paciencia y un billete de avión, la desnudó y la llevó a la tina como lo hacía todas las mañanas.

Al anochecer, Javier armó su maleta de viaje. Lloraba mientras vestía a Helena, mientras le guardaba lo mejor de su ropa en una bolsa plástica y cuando la miraba a sus ojos perdidos. Lloraba mientras iban en el taxi hasta la catedral, cuando se bajaron, cuando llevó a Helena hasta las escalinatas y cuando la envolvió con sus brazos hasta que se quedó dormida. Con los ojos rojos y secos, tomó un taxi hacia el aeropuerto.

Cuando se bajó del avión, el frío le golpeó el rostro. Javier había olvidado que al pasar de un lado a otro no era verano, sino invierno, y que por las ocho horas de diferencia no era la madrugada del lunes, sino que seguía siendo domingo en la tarde.

Se sumergió entonces en la ciudad, entre calles grises, rostros grises y la atención gris de la recepcionista de un pequeño hotel. Subió a su habitación y tan pronto descargó la maleta, se quedó dormido.

Al día siguiente, cuando despertó, buscó con su brazo el cuerpo de Helena. Abrió sus ojos y se encontró con una pared. Dio un bostezo, estiró su cuerpo y se levantó. Frente a la ventana se quedó contemplando durante una media hora la nieve que se juntaba en los postes, los tejados, andenes y balcones.

—Esta ciudad está al revés.

Buscó su maleta, se vistió con su ropa de verano y salió a la calle.

Comentarios
  • 1 comentario
  • Bell DeVell @Bell_DeVell hace 2 años

    Curioso. Espero que haya vuelto con ella aunque creo que la historia queda muy abierta a pensar qué pasó con Helena ya que la dejó sola en la Catedral y bueno al parecer ella no estaba nada bien... y de igual forma lo más lógico, en mi punto de vista, es que da a entender que se vistió con su ropa de verano para volver a su país, pero podría ser que no. Ese me parece el punto fuerte y débil, los dos al mismo tiempo, pero a mí así me gusta. Buenas historia. Saludos.


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