Cuando despertó, todavía estaba allí. Le sorprendió que aquella mujer anciana no hubiera solicitado un cambio de asiento. A lo mejor las personas mayores habían vivido lo suficiente como para no dejarse llevar por el aspecto del pasajero de al lado… Pero él era joven y no pudo evitar clavar su mirada en las arrugas que recorrían las mejillas de la señora.

Antes de que le diera tiempo a disimular, sus ojos repararon en la sonrisa que rodeaban esas arrugas; y que estaba dirigida a él. Juraría que el rubor que se le extendió por la cara aspiraba a triplicar los toques de colorete de su acompañante.

—Buenas noches, caballero. ¿Quieres comer algo? Puedo llamar a la azafata.

Él negó con la cabeza mientras desviaba su mirada hacia la ventanilla, por la que se apreciaban luces en las ciudades del continente, casi reflejo de las luces del cielo.

—¿Adónde vas?

Se volvió hacia la mujer y se preguntó si aquellas palabras guardaban un doble sentido.

—Estaré en Nueva York unos días.

No especificó más, porque tampoco tenía claro el número de días ni su siguiente movimiento. Tan solo quería alejarse de su hogar.

—Yo también.

—Señores pasajeros, les rogamos entreguen sus billetes al azafato que se los solicite. Disculpen las molestias.

—¿Alguien se ha colado? -murmuró un señor tras él. Pareció gritárselo al oído. “No murmurarían tanto si supieran que tengo dinero como para comprar este avión y dos más de la compañía, pero que a veces no recuerdo mi número de cuenta.”

La azafata se plantó junto al asiento de la señora y extendió la mano con una sonrisa artificial en dirección al chico. Él le tendió su billete y, justo cuando la chica cerraba los dedos a su alrededor, otros nudillos surcados de suaves líneas aparecieron ante su atónita mirada.

—Tal vez también quiera comprobar mi billete, señorita. Nunca se sabe qué aspecto puede camuflar a un polizón.

Cuando la joven uniformada se hubo marchado, la mujer arropó con su mano la del joven, sobre sus rodillas. Él no pudo evitar comparar sus sucias uñas con las rojas de ella, ni dejar de observar cómo sus arrugas se estiraban al cerrar la mano. Alzó la mirada y, por debajo del flequillo rubio, descubrió unos ojos pequeños, que sonreían enmarcados por más pliegues y que podrían competir con las luces que antes le habían impresionado.

—Estas arrugas que tanto miras son surcos que he labrado en mi vida y que dejaré para que mis nietos siembren y recojan frutos de ellos.

Entonces, el muchacho recordó y lloró sin importarle que las lágrimas dejaran surcos en el polvo de sus mejillas.

—Lo siento mucho… Abuela, lo siento… Te olvidé.

—Mi niño… Fue un accidente. Te he seguido cuidando, aunque no me lo ponías nada fácil.

Y, cuando el joven la abrazó, recordó cada paso que había recorrido en su obsesión por alejarse de su familia, que en algunos momentos no reconocía por culpa de su amnesia.

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