Cuando despertó, todavía estaba allí. Incluso dormido, su corpachón largo y tendido como si el mundo le hubiera caído encima, provocaba un sentimiento de vértigo y de desconcierto. Reconocía sus manos fuertes, capaces de arrancar cien hectáreas de bosque frondoso sin inmutarse, su tez oscura, acorde a las mejores noches de eclipse lunar que se puedan imaginar, sus hombros de amplitud ciclópea. Ante ese espectáculo corpóreo, daba gracias de haber despertado antes que él, sobretodo tras el desenlace de su fiesta sorpresa de cumpleaños una semana atrás.

Lo conocía bien, o eso pensaba, y sabía que era reservado y hermético como una caja de caudales, controlador, cuyos ojos parecían albergar una comunidad infinita de azores, desconfiado, a niveles inusitados, en clara competencia entre los de suegra y de sargento de policía. Pero de eso a que se comportara como un energúmeno que se cree con derecho a ladrarle incluso a la luna por seguir su órbita iba un abismo. Y menos cuando todos los preparativos se habían efectuado en la máxima discreción y sin despertar sospechas, si se tienen en cuenta los registros esporádicos de sus efectos personales, como el portátil, el teléfono móvil o el bolso de mano. Parecía que tenía el derecho adquirido porque él la mantenía; al menos así lo quiso tras quedarse sin trabajo hacía ya tres años.

Lo observaba entonces, y no recordaba cuándo empezó ese asedio permitido. Seguramente, la ceguera del amor le veló muchos aspectos negativos de él, pero fue recuperando la vista y la perspectiva necesaria, entre los enfados por haber descolgado una llamada de una de sus cada vez más escasas amigas y las broncas tras elegir una prenda fuera de sus cánones estipulados. También la descolocaba su cariño y su frialdad alternados de forma tan arbitraria como inasible. En definitiva, él devino su caja de sorpresas que, paradójicamente, no soportaba imprevistos dentro de una agenda cuadriculada e inamovible. Y menos que lo ideara su chacha, que parecía que se había convertido solamente en eso para él.

Cuando se aseguró que aún dormía como un tronco, desgarró el peluche que tenía que pertenecer a ese retoño que siempre se posponía, y de sus entrañas mullidas extrajo un billete de avión impreso pocas horas antes. Lo metió en el fondo de su neceser de viaje, con el temor que fuera descubierta in fraganti o que la tinta de ese sistema tan moderno y casero no resistiera una fuga de perfume o de champú. Estaba dispuesta a desarraigarse de su mundo minúsculo: nada la asía a esa forma de vida enfermiza y fatigante. Sin retoños, sin amistades, con tal futuro laboral... Su deber era saltar de una vez, al vacío o a la incertidumbre, pero saltar.

Encendió la luz del baño y su reflejo la miró fijamente. En su rostro, aún había el rastro visible de esa procesión de cardenales que había aparecido sin invitación una semana atrás. Justo cuando ella, avergonzada de que todavía estuviera allí, finalmente despertó.

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