Cuando despertó, todavía estaba allí.

Se mostraba tranquilo, acompasando su respiración al viento suave que los rodeaba. Su mirada penetraba en la suya con ese azul intenso que se ocultaba tras su flequillo negro, asemejándolo a una pantera. Zoe había quedado hipnotizada por ese azul tormenta que relampagueaba sobre un rostro de facciones marcadas y tinte bronceado. Ni siquiera el brillante pendiente con forma de reptil que atravesaba su oreja izquierda o el enorme tatuaje de dragón que serpenteaba por su musculoso brazo habían conseguido desviar su atención de sus ojos. La había salvado de la bestia de ojos pardos para después advertirle que se marchara. Ni siquiera había podido replicarle, un extraño aroma había embotado sus sentidos y le había hecho caer en un profundo sueño. Él había aprovechado su inconsciencia para sacarla de las ruinas y velar por su seguridad hasta que recobrase el sentido.

Zoe trabajaba como arqueóloga para la Universidad de Syrenia. Estaba especializada en civilizaciones minoritarias de culto pagano, pues había dedicado años a su estudio. Le encantaba investigar todas aquellas ruinas antiguas de primera mano, sin esperar a que sus compañeros inspeccionaran el lugar y lo catalogaran de lugar seguro, pues la mayoría se hallaban en plena naturaleza, rodeados de bestias salvajes o de terrenos quebradizos.

La noticia de un templo en ruinas, desconocido hasta la fecha, había llegado hasta sus oídos, por lo que había comprado un billete de avión y viajado hasta el otro lado del mundo tan rápido como había podido. Pero el vuelo se había demorado y había llegado un día más tarde que sus compañeros, que habían aprovechado para adelantarse y explorar todo el terreno, bajando hasta las criptas más profundas.

Aunque algo fastidiada por el retraso, Zoe se había unido a la exploración. Cuaderno de notas en mano, había comenzado a investigar los grabados. Tan ensimismada estaba en el estudio de los símbolos que no percibió a la bestia que se ocultaba tras una columna. El animal se abalanzó sobre su espinazo y lo habría desgarrado por completo si el misterioso nativo no lo hubiera derribado a tiempo. El animal pereció al instante, pues el guerrero lo degolló con destreza y rapidez.

Zoe ni siquiera había tenido tiempo de sentir miedo, ni de percibir lo cerca que había estado de la muerte, ni de agradecerle al desconocido lo que acababa de hacer. Por ello se quedó ahí de pie, incapaz de asimilarlo, paralizada ante su mirada azulada, sin preguntarse por lo extraño de sus ropajes de cuero o su melena trenzada.

El mismo hechizo la había atrapado al despertar, cuando esos ojos le habían suplicado que no regresara.

Incapaz de desobedecerle, asintió y regresó al hotel. Poco después descubrió que todos sus compañeros habían sucumbido a una extraña enfermedad. Algo en las ruinas les había contagiado. Ninguno sobrevivió, ninguno excepto ella.

Nunca volvió a encontrarse con el nativo, pero sus ojos le persiguieron en cada uno de sus sueños.

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