Fenómena se encogió de hombros, y el pelo corto y rosa brincó con ellos.

—No sabría decirte. Me da la impresión de que deberíamos haberlo quemado.

—¿Pero te estás oyendo? ¡Para qué íbamos a quemarlo!

—Tanto tiempo como lleva aquí, yo diría que estará infestado hasta de roedores. Creo que he oído algo rascando bajo la mesa antes. Mira... -enguantada como iba y con el rostro protegido por la mascarilla con filtros, la pintora hizo una mueca. Silvia entendía su asco; dos pequeños parches peludos y resecos aparecieron bajo el asiento acolchado-. Para esto me traigo guantes, Silvita.

Su amiga cruzó los brazos, que llevaba descubiertos y con la piel de gallina; se estremeció a su pesar. Los dos ratoncitos tenían un aspecto triste, deshilachado. Estaban muertos, pero también estaban abandonados. Se preguntó si su abuela había vivido así sus últimos días.

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En el sofá se sentaban muchas tardes.

—Ay, hija mía, que no. Que no me voy a meter a vivir en un piso con nadie más. No me insistas.

—¡No sería un piso, abuela! Sería una residencia -contradecía Silvia, sonriendo y acariciándole la cabeza; sólo algo de pelo ralo y blanco, tan tenue que casi ni era pelo, le poblaba la coronilla-; estarías con más gente, y bien cuidada. Te ayudarían en todo...

—¡Ni que me faltasen manos!

—Ni que te faltasen horas libres, tampoco. ¿No te aburres sola aquí dentro?

Genoveva se encogía de hombros, con esa sonrisa tan suya, de labios resecos.

—No, una ya se hace compañía con los recuerdos. Ya vienes tú todas las semanas, nena, y ya es. Además, le he cogido el tranquillo al cacharro este...

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—Pero vamos, que entiendo que no quieras quemarlo. Es viejo. De tu abuela. Vamos, que lo entiendo.

Aún tenía la llamada perdida destacada en su Mockia. No la había tocado; estaba llegando al piso de su abuela cuando le llamó, al fin y al cabo, e iba con dos bolsas en cada codo, como un perchero sin aliento y con la mano barajando llaves de su llavero. La visita de la semana.

—Pero ya van... ¿qué, tres años? Ya vale, ya. Si quieres apañarla, hay que empezar por lo que no se puede apañar.

Ella solía decir que no, que a Genoveva Escucha no la pillaban aburrida ni en soledad así estuviera en una celda de monasterio. "Una se las arregla," que solía decir. Silvia se estremeció.

—Es buena casa. Hay que sacarle partido. A Veva le... - Felisa dejó el sofá con los ratones en una bolsa y se bajó la máscara; a Silvia se le escapaban las lágrimas, se mordía el labio-. Ay, boba.

—Que la dejé sola.

—Boba, más que boba.

Felisa, su Fenómena, le abrazó con calma.

—Ya, niña, ya...

—Pero es que nunca se quejaba, y la dejé sola tantos días, tantos, tantos días...

En el sofá se sentaron esa tarde. Lloraron los miedos que no tenían remedio; luego, rieron todo lo demás.

Las tres juntas.

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