Nunca antes me había encontrado en esa tesitura. La elección que tenía que hacer, tan ilimitada, ponía a prueba mis habilidades de decisión.

—¿Chico? ¿Qué vas a querer? —dijo la dependienta detrás del mostrador lleno de barras de pan.

—Buenos días. La verdad es que no sé... Antes era más fácil.

—¿Antes? —dijo la muchacha echándose a reír.

—Sí, antes. Mire, póngame lo que crea que más me puede gustar.

Tras hacerme con una hogaza tostada de lo que llamaban pan francés sin un gracias que me siguiera, decidí aventurarme entre las callejuelas de aquella nueva ciudad que se abría ante mis ojos. Aún recordaba cómo me sentí al coger ese avión, cruzar medio mundo y plantarme en medio de tantos edificios. Aún recordaba a mi madre llorando en la puerta de casa porque ese día tenía que trabajar y no me podía acompañar al aeropuerto. Y aquel día, por primera vez en dos meses, recordaba de verdad lo que era vivir en un lugar donde la elección del pan estaba reducida a si había o no. Donde para ir al aeropuerto tenías que coger un carro tirado por mulos, dos autobuses y un tren. Donde se gozaba de una serie de placeres que aquí se consideran cosas mundanas, a veces salvajadas.

Un sonido estridente me sacó arrastras de mi hogar. Bueno, al menos del recuerdo del mismo. Era otra vez ese cacharro plateado que me había dado mi madre adoptiva. A ella no le gustaba que le pusiera esa continuación a la palabra "madre". Decía que le parecía que ponía una distancia entre nosotros cuando no debía de ser así. Un mensaje apareció en la pantalla. Una llamada perdida. ¿Dónde se había perdido exactamente?

Poco era el tiempo que llevaba en aquella jungla de acero y hormigón y ya me parecía una eternidad. Aunque si algo había sacado en limpio, es que las personas que allí vivían carecían de libertad. O al menos de la libertad que yo había vivido durante mi corta existencia.

Vivían todos enganchados a pantallas de diferentes tamaños. Siempre que se sentaban a comer no hacían caso de la gente que compartía mesa con ellos. Solamente se dedicaban a toquetear los teléfonos. Eran esclavos del progreso, que era como ellos lo llamaban. Eso agriaba su comportamiento.

Mientras que mi gente se dedicaba a cuidar el campo siempre con la sonrisa en la cara, estas personas entraban y salían de esos monstruosos edificios con un semblante diferente. Un halo de tristeza cubría sus cabezas, salían sin brillo en los ojos y ponían una mueca constante de enfado.

Cuando llegué aquí me dijeron que esta era la tierra de la libertad, de las oportunidades y el hogar de los valientes. A día de hoy solo puedo decir que estas gentes dejaron de ser humanas hace mucho.

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