—Rosa.

—A partir de ahora, Clara.

—Eso te va a salir más caro, guapo.

—Perfecto —gruñó, buscándola el hueco entre el cuello y la trenza. Apretó a la muchacha contra la pared sucia del callejón, pero hasta que no metió el pago acordado en la caja registradora que la servía de sostén no le mostró nada de afecto.

Un par de billetes arrugados, suficiente para abrirla de piernas y cerrarla la boca. El extra era por los besos, y por el juego del nombre, porque lo que iba a venir después iba a ser de gratis. Sin cuidado ni requiebros previos, Lorenzo se bajó los pantalones y embistió por primera vez a la que sería su Clara esa noche... Tan morena, tan preciosa, tan idéntica a la suya.

—Me haces daño… —dijo, cuando la cosa se puso divertida— ¡Aparta!

No se apartó, porque ya no estaba allí. Lorenzo estaba inmerso en una de sus tardes de domingo con Clara, en la calidez de su cama y en el agónico éxtasis de su cuerpo canela. Saboreando sus besos, deleitándose en sus labios… Hundido en los ojos oscuros de la mujer, candentes, tórridos. Le quemaban. Abrasaban su alma y sofocaban su espíritu. Y él no podía hacer nada, porque necesitaba su aliento para respirar en él. Porque sólo escuchaba sus jadeos, y sólo quería oler a ella. Probarla entera. Porque únicamente vivía cuando se erizaba su piel atezada. Y no como ahora, que ni siquiera llegaba a escucharle un mísero latido en las venas.

Pero no era la suave dermis de Clara. No eran sus ojos, y no eran sus besos. No era suya la humedad de entre las piernas. Igual que él no era su marido, no era ella. Se parecía, sí, pero la lengua de Clara hería como si tuviera vidrios clavados en ella. Sabía a mentiras, a sangre y a espuma de mar. Y la de ahora… La de ahora no sabía a nada. ¡A aire sabía! Al aire que la robaba, apretando su impúdico gaznate con ambas manos. Clara ya no estaba, ella sí.

Siguió apretando, con tanta rabia que sentía que la levantaba del suelo. El miedo y la luna nublaron su mirada, con un velo de plata. Se iba, y él con ella. Fue entonces, cuando el corazón aún palpitaba casi decrépito y lastimero, que desenvainó la hoja y la clavó en su pecho. Y la boca le supo al fin al ángel que era su Clara. A verde, a cobre. A océano y a escarcha.

Cuando todo hubo terminado, se limpió en la gabardina negra. Sacó el teléfono del bolsillo y miró la última llamada perdida. Una última llamada, desde muy lejos… ¡y desde tan cerca! ¡Clara! Su Clara le llamaba. Ni a la fuerza le dejaba ir, ni muerta. Ni el crimen, ni su mortaja... ni un cuchillito alojado en la carnes abiertas había conseguido separarles de veras. Porque no era su culpa, que la culpa había sido de ella.

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