El agente circulaba a gran velocidad por la autopista.

Aquella noche, recibió una llamada perdida en su teléfono móvil: se había quedado dormido y llegaba tarde a cubrir su guardia.

Le asignaron ese caso como último recurso. Escuchó a dos de sus superiores decir que tenían previsto retirarle del cuerpo. Consideraban que no estaba en plenas facultades, que había perdido olfato. Estaba seguro de que aquel sería su último caso, dadas las circunstancias, y quería demostrar que no era cierto.

Pero no le salió bien.

Debía custodiar el hogar de acogida de una madre y su hija, víctimas de tráfico humano. Los Servicios Sociales descubrieron a la menor en el interior de una autocaravana, en pésimas condiciones; y se hicieron cargo de ella hasta que encontraron a su madre, ejerciendo la prostitución en un local de alterne.

La mujer decidió colaborar con la Policía para identificar a los proxenetas y desarticular la red, pasando a formar parte del Programa de Protección de Testigos.

Sin embargo, llegó tarde.

Encontró la vivienda acordonada, rodeada por coches patrulla y los servicios forenses. Pudo ver cómo trasladaban los cadáveres de ambas, desde el interior de la casa hasta el furgón del Anatómico Forense.

No hubo rastro de su compañero, quien le esperaba en el interior de un coche de incógnito; y estaba siendo analizado por la Policía Científica.

Preso de la culpa, se montó en el coche y condujo sin rumbo, hasta que el alcohol le hizo ver clara su jubilación; y empotrarse contra la mediana.

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