Sigue sonando el teléfono con su persistente y metálico soniquete que me taladra el cerebro, me perfora todo el conducto auditivo hasta instalarse en mi sistema nervioso.

Y lo peor es que no puedo hacer nada al respecto. Tirado en medio de la salita de estar, allí mismo donde caí hace tres horas -eso lo sé porque tengo el reloj al alcance de mi vista-, sin poder mover casi ningún músculo, concentrados todos mis sentidos en orientar mis escasas fuerzas a optimizar mi respiración y minimizar los dolores que siento por todo el cuerpo, sólo alcanzo a pensar en qué distinta era mi situación esta misma mañana.

Vuelve a sonar el teléfono. Seguirá sonando para luego colgar sin dejar ningún mensaje, como lleva haciendo intermitentemente desde que me despertó tras mi síncope que me dejó postrado en semejante postura, vista al techo, brazos extendidos en cruz y piernas entrecruzadas; al menos, el destino ha sido algo indulgente conmigo y me está permitiendo pasar estas largas y agónicas horas en la postura más cómoda posible.

Creo saber quién llama. Ella. Si llamaran de la clínica me dejarían un mensaje al saltar el contestador. Pero, desgraciadamente, no me toca ir a mi sesión de control hasta mañana. Cuando vean que no me presento, activarán el protocolo de emergencia para pacientes crónicos graves y acabarán encontrándome. Pero puede que sea demasiado tarde para entonces.

Cuando empieza a oscurecer, ya van diez minutos de silencio tras la última llamada perdida, que agradezco dejándome llevar lentamente hacia esa modorra narcotizante que me aísla del dolor y aleja todos los pensamientos. Todos, menos uno.

En estos momentos de breve reposo mental me viene el recuerdo del almuerzo de este mediodía. La invité por nuestro aniversario al coqueto restaurante donde la primera vez, a la semana de conocerla, hace ahora tres años. Todo fue estupendamente, al menos hasta que volvió a aparecer el tema recurrente de estas últimas semanas. Que si se le va a pasar el arroz, que si es hora ya de dar un paso adelante en nuestro compromiso, que si luego es más difícil tener niños y no digamos ya si tenemos que entrar en el complicado mundo de las adopciones, que si mi enfermedad no debería ser traba para pensar en el futuro, y que si ella me ha aceptado con todos mis impedimentos yo debería hacer lo mismo.

Pero no es tan fácil. No lo es. Y no supe hacérselo ver a ella. El almuerzo terminó antes de los postres, cada uno en su casa y yo liberado de todo compromiso y con todo mi futuro libre y a mi disposición, según sus frías palabras de despedida.

Aturdido por este desenlace, llegué a casa ya con un dolor en el pecho y la tensión por los suelos.

Una postrera llamada me saca brevemente del aletargamiento. Salta el contestador, pero esta vez sí dejan mensaje. Entre sueños oigo su voz, mientras mi mente se pierde en la negrura.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.