Era casi de noche cuando miré el móvil, mientras esperaba a que Becky llegara. Había una llamada perdida de Susana. A esa hora ya debería estar en casa con ella, cenando en la alcoba, con la tele encendida. Me quedé viendo el registro de llamadas. Pensé que deberían ser tres o cuatro, cada una con un timbrazo más angustiante que el anterior, pero solo había una, la única que necesitaba ella para hacerme saber que la cena había quedado separada en el sartén.

Levanté la vista y reconocí a Becky en la otra acera. Venía dando pasitos cortos hasta que su mano alcanzó mi hombro. Me besó la mejilla muy despacio y sonrió tímidamente. Luego se enganchó en mi brazo y entramos al bar.

Dos cervezas más tarde, mis dedos ya se habían enredado en los de Becky, en sus uñas azules con estrellitas pintadas, en sus historias de oficina y en la de su último desplante. Una cerveza más y ahí estaba la mano de Becky sobre mi pierna; Becky y su cabeza recostándose sobre mí; Becky mirándome a los ojos, la boca, los ojos de nuevo y sonriendo; Becky y su boquita cada vez más cerca; Becky y sus labios suaves, con mi mano en su cuello y la otra en sus caderas; Becky separándose de mí y preguntándome qué estábamos haciendo.

Se levantó para ir al baño y tan pronto me dio la espalda saqué el móvil. La llamada perdida de Susana seguía ahí, esperando a que se le uniera otra. Desde hacía un año que las conversaciones eran cada vez más distantes, con un importaculismo que lo iba llenando todo sin peleas, sin reproches, sin preguntas, ni explicaciones. Los días se repetían hasta que Becky me llamó un par de meses atrás para que la ayudara con una referencia laboral, y luego para darme las gracias, y luego para decirme que deberíamos vernos un día, y luego para pedirme que la esperara media hora porque el tráfico estaba imposible.

Pensé en Susana, en que tal vez ella podría estar con otro y que la llamada perdida era para decirme que no la esperara. Pero solo podía imaginarla recostada sobre dos almohadas mirando la tele, con el plato vacío en el espacio que yo ocupaba en la cama. Becky regresó con la boquita pintada, la besé de nuevo y ordené otro par de cervezas.

Cuando salimos del bar, tomamos un taxi hasta la zona de los moteles. Solicité una habitación sencilla por tres horas, porque Susana debía estar preocupada, así estuviera mirando la tele.

Entramos en la habitación y mientras Becky dejaba su abrigo en el perchero de la pared, yo iba dejando las llaves de la casa, mi billetera y el móvil en la mesilla de noche. Becky apagó la luz de la habitación. Encendí el móvil y busqué en el registro de llamadas. Sus manos me rodearon buscando los botones de la camisa. Giré apenas para besarla. Solo había una llamada perdida.

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