Salgo de allí corriendo. No puedo aguantar más los gritos de mi jefe. Mi respiración es entrecortada y el sudor está empapando mi espalda cuando alcanzo la puerta giratoria; nunca me había percatado de lo lento que va el dichoso mecanismo. Mientras estoy ‘atrapada’ en la puerta, empiezo a hacer balance de los últimos años… Conseguí mi puesto de reportera después de trabajar muy duro: cada mañana le llevaba el café a mi jefe, repartía la correspondencia en todo el edificio, iba a comprar el almuerzo para toda la oficina, incluso regaba la pobre planta que había en recepción… De nada me sirve ahora. ¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Cómo he llegado a este momento?

Todo se remonta a hace dos meses, cuando mi jefe me encargó que cubriera la noticia sobre un asesinato que tuvo mucho revuelo mediático. Seguí el curso de la investigación a conciencia, entrevisté a todas las personas relacionadas con el asunto, invertí más horas de las debidas e incluso me hice con información privilegiada sobre el caso, gracias a que el investigador al mando de la operación me debía un favor, así que no me fue difícil sonsacarle cierta información clasificada y que, además, me proporcionó el título para mi artículo: “El asesino de la orquídea negra”. Al parecer, el criminal dejó esa flor al lado de su víctima. Desgraciadamente, el caso quedó sin resolver, pero mi artículo resultó el más completo y, ese día, nuestro periódico fue el más leído de la ciudad y, por consiguiente, el más vendido. Esa mañana mi café olía a Pulitzer.

Justo ayer se encontró otro cuerpo y mi informador me dijo que se había hallado otra orquídea negra en la escena del crimen. Todo apunta a que se trata de un asesino en serie. La noticia tenía que ser mía, era lo más obvio. ¡Pues, no! Resulta que mi jefe ha escuchado rumores sobre que tengo un lío con un detective y eso da mala imagen para el periódico. “La reputación del periódico es lo primero.” -No ha parado de repetir hace un momento.

¿Qué? ¿Y él se incluye en esa reputación? Porque resulta que está felizmente casado, pero hace apenas dos semanas me hizo proposiciones indecentes, que yo rechacé, claro. ¿O es que él no cuenta a la hora de salvaguardar la honra del periódico?

En fin, no se debió tomar bien que le rechazara entonces y ha aprovechado la ocasión para vengarse y echarme. Pero yo le he dejado un recuerdo antes de salir de allí corriendo: Le he partido una ceja con el libro de recetas de mi difunta abuela que siempre llevo conmigo. Creo que ahora voy a tener más tiempo para cocinar, aunque primero tendré que limpiar los restos de piel y sangre enganchados en el lomo. Como mi abuela solía decir: “Antes de empezar a cocinar, hay que lavarse las manos”.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.