«Había una vez, en una tierra lejana...

Una mujer de raza negra que vivía como esclava, que era violada y torturada todos los días por su amo. "¡Eres mía, eres mi perra, vales menos que nada!" le decía mientras le pegaba salvajemente con el atizador de la chimenea ahogado en whiskey.

La habían traído de África cuando aún era una niña.

Cruzó el atlántico en un barco negrero empacada como un atún junto con mil esclavos encadenados todos unos a otros. Muchos enfermaron y murieron, muchos más se ahogaron cuando bucaneros ingleses arremetieron con sus cañones y perforaron el casco de roble y entró el agua del mar embravecido durante la tormenta. Apenas la mitad llegaron a puerto.

Vivos encadenados con muertos.

Con todo lo que había pasado y seguía sufriendo, ella vivía; disfrutaba el viento del campo y recoger algodón con sus manos, pisar descalza la tierra, sentir el agua en la cara.

Esa noche, en el cobertizo donde dormía, con las heridas aún frescas, una polilla voló hasta ella y se posó cerca de su oreja. "Sé quién eres y sé lo que quieres" le susurró al oído; ella escuchó sin moverse con los ojos abiertos en la oscuridad.

"Escúchame atentamente..." La polilla le dijo que debía matar a su amo, le dijo dónde guardaba el revólver; le dijo que la luna brillaba y que él estaba borracho, inconsciente junto a su cama, que era su oportunidad.

Si la encontraban merodeando de noche la matarían, la colgarían de un árbol con una soga.

Ella sólo quería vivir.

"Hoy morirás, no importa como" dijo la polilla. "Puedes hacerlo aquí, mientras duermes, sólo tienes que cerrar los ojos... tendrás una muerte apacible, habrás vivido y muerto como esclava... o puedes hacer algo más... interesante".

La muchacha entonces entró a la casa por la puerta de enfrente que su amo ebrio había dejado abierta; la luz de la luna que se filtraba entre las cortinas evitó que tropezara con los muebles; tomo el revólver del cajón de su estudio, fue a su cuarto, estaba ahí,se acercó.

Lo miró un momento.

Sintió odio.

Luego miedo.

Entonces apretó el gatillo, un relámpago, el tronido la estremeció.

Gotitas de sangre en su cara.

El barullo comenzó, ladridos de perros, voces.

Se levantó, miró a su rededor. Luces a lo lejos. Su amo con un agujero en el cráneo a sus pies.

Tomó la lámpara de la mesita de noche y la azotó contra el suelo derramando el petróleo. Las voces se acercaban. Tomó la cajita junto a los cigarros y encendió en ella un fósforo que dejó caer en el aceite que se prendió en fuego que se extendió pronto a la cama, a las cortinas, a los muebles.

Entre las llamas tomó el arma, la puso en su barbilla y disparó cayendo su cuerpo inerte junto al de su amo.

La casa pronto se cubrió de fuego.

Y murieron felices por siempre.»

Tina cerró el libro y fue a dormir.

Comentarios
  • 0 comentarios

Tienes que estar registrado para poder comentar.