Maldecía entre castañeteos mientras me frotaba con fuerza para tratar de mantener la temperatura. El frío húmedo de noviembre, que parecía haberse concentrado en aquella orilla del lago Michigan, se agarraba a mi cuello como una bufanda de hielo. Y la ropa que llevaba no contribuía a mejorar la sensación. Miré el reloj. Era la hora. Guardé mi novela de Lauren Lye y salí del coche, mientras recordaba los acontecimientos que me habían llevado a ese estercolero.

Un golpeteo de nudillos sobre la puerta translúcida de «Ash Dammed, trabajos de investigación» había destrozado mi momento de bourbon y lectura ligera. Cerré con demasiada fuerza el libro y respondí un seco y malhumorado «adelante».

—Hola, Ash, ¿cómo van las cosas? —El tipo delgado y desagradable que me obsequiaba una sonrisa empalagosa no era otro que Marty Reggies, el hijo inútil del hombre más poderoso de Chicago. Ya nos conocíamos y había aprendido por las duras a respetarme.

—¿Qué quieres, Marty?

Empezó a contarme el robo en la mansión de su padre de la Orquídea Negra, un singular y valioso camafeo de ónice. Según parecía, el respetable señor Aldoux Reggies había conseguido el collar por medios poco legales y no tenía intención de recurrir a la policía para su recuperación. Los chicos de Marty localizaron al ladrón en un motel a las afueras, donde probablemente esperaba a su comprador, pero no habían conseguido hacer salir al tipo de su habitación y, dada la probabilidad de que estuviera armado, la opción de irrumpir por la fuerza no estaba entre las preferentes. Ahí entraba yo. Según Marty, mis «cualidades especiales» harían la recuperación más rápida y sencilla. Lo miré con disgusto y asentí.

Mientras avanzaba, me quité la gabardina con fastidio. La habitación se encontraba en un extremo del mugriento complejo, alejado de recepción. Mejor así. Una vez frente a la puerta, la golpeé varias veces con suavidad. Instantes después observé cómo la luz que proyectaba la mirilla se oscurecía. Comenzaba la función.

—Servicio de habitaciones, señor. —Puse mi mejor sonrisa y la acompañé de un sugestivo movimiento de brazos y cadera. El efecto no se hizo esperar.

La puerta se abrió de inmediato, revelándome la imagen de un tipo alto y corpulento, con cara de dejarse llevar a menudo por los designios de su entrepierna. Balbució como pudo:

—Diablos, nena, eres lo que me deseó mi madre en su lecho de muer…

No pudo continuar. Proyecté con violencia la palma de mi mano sobre su mandíbula, en ángulo ascendente. La cabeza salió despedida hacia atrás, provocando que se le pinzaran los nervios superiores de la columna vertebral. Ya estaba inconsciente cuando su cuerpo impactó contra el suelo.

Comencé a registrar la habitación y, a los pocos minutos, estaba saliendo con la Orquídea Negra. Reggies se acercó con sus muchachos.

—Aquí tienes, Marty. Y recuerda el trato, nada excesivo ahí dentro.

—Claro, Ashley. Gracias por todo.

Me marché sin mirar atrás. Estaba deseando calentarme a la lumbre de un old bourbon.

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