- ... ¡la Orquídea Negra!

Corrió la cortina de terciopelo negro y la audiencia suspiró, jadeó y boqueó, su incredulidad ante la escena fascinándoles por completo.

En algún punto del museo, se oyó una ventana cerrarse, suavemente, y el ruido sobresaltó a varias asistentes. Se encendieron conversaciones como llamas; pronto, el fuego se hizo con la sala.

El conservador parecía hallarse en estado de shock.

Emily Michaels miró de reojo a Patson.

- Mi querida Patson, temo que el ladrón de la Orquídea ya estará lejos. ¿Querría, si es tan amable, ir e informar a la inspectora?

Jane Patson, sudorosa pero decidida, se dirigió a la puerta.

- Señor conservador.

El hombre, tembloroso, desencajado y macilento, le contempló como si no estuviese allí.

- Lamento decirle, mi buen amigo, que su cuadro ha sido robado, a priori, por un ladrón sumamente capaz. Ya he deducido el modo en que se ha hecho con la pieza y escapado.

- ¿QUÉ? -respondió el hombre, pero la fama de Emily le precedía; si una mujer con pamela ridícula, cigarrillo de boquilla y voz fría y firme hablaba, los presentes callaban.

Y su voz, con pamela, bocanada de humo y acero helado entre cada sílaba, se hizo oír.

- Este es un edificio arcaico, dispuesto como palacio antes que museo. Hay portezuelas de servicio en todas las paredes, obsoletas y condenadas en su mayoría, pero algunas esconden dobles paredes -golpeó un muro, que sonó a hueco y empezó a deslizarse hasta descubrir una fina abertura-. Observarán los rastros de polvo y telarañas en el suelo. Una vez sus empleados cubrieron la Orquídea, y durante su discurso de presentación del óleo, el ladrón se deslizó tras la cortina y la separó, con notable destreza y temeridad, de su marco, que ahora vemos expuesto. Seguidamente, usó el mismo pasadizo para evadirse hasta la habitación adjunta, en la que sin duda halló presencia de ánimo y cuerda suficientes para descolgarse por la ventana que hemos oído cerrarse recientemente, con el fin de evadir los detectores de banda magnética de la salida; banda que, según comentaba antes, llevaba el lienzo. Una medida intrigante. Asumo que la ventana estaba abierta de antemano, por lo que hay que sospechar de al menos un miembro del personal. Ahora, si no les importa, voy a hablar con la inspectora Sleuth.

- Se equivoca.

Emily se volvió hacia el conservador, con una ceja arqueada. Estaba furioso, avergonzado y herido en su orgullo.

- Se equivoca, Michaels. Es... Es acuarela, no un óleo.

- Ah. Error mío, claro.

Michaels se reunió con Patson en la puerta de servicio, en una cocina vacía de cocineros. Dos bandas magnéticas ya estaban separadas del palmo y medio de lienzo, que Patson intentaba volver a deslizar con cuidado bajo su traje.

- Será bonito, pero me está haciendo sudar la gota gorda. Llama tú a Sleuth.

- Pues te queda muy bien, "Jane" -sonreía la detective y estafadora a tiempo parcial.

- Que te den.

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