El tipo era raro. Grandote, debía medir más o menos un metro ochenta. Era calvo y, en contraste con eso, la incipiente barba le poblaba el rostro, con los ojos cubiertos por unas gafas gruesas, de esas que usa la gente que tiene un alto grado de miopismo. Detrás de esos anteojos, se le veían unos pequeños ojos verdes, tristes y desteñidos. Llegó a la hostería en las termas, para tomar tratamientos de salud. Ahora, se hallaba parado frente al cartero que, a un costado de la conserjería, le extendía una planilla y una carta certificada.

—¿Señor Jorge García? —preguntó el cartero

—Sí, soy yo

—Firme aquí, por favor

El remitente era de la clínica donde le habían hecho la biopsia, antes de salir de Buenos Aires. Habían prometido enviarle los resultados por correspondencia.

El cartero se fue y Jorge se sentó en uno de los sillones del lobby, abrió el sobre despacio, con temor y leyó el resultado. El cáncer había tomado todo el intestino y se había hecho metástasis hacia el hígado y los riñones. Las manos le temblaron, la vista se le nubló y el corazón le martilló el pecho, como una masa queriendo romper la piedra dura de una cantera. No podía ser… Cáncer… La biopsia fue hecha para confirmar que el tumor era benigno.

Toda su vida pasó delante de los ojos, como en una pantalla. Aún no había muerto, pero ya las primeras imágenes de esa etapa se le vinieron a la mente. De los cinco órganos vitales, tres de ellos estaban tomados. ¿Qué expectativa de vida tenía? ¿Seis, siete meses, quizá? Mientras subía a la habitación, todo lo que antes era colorido y armonioso, se transformó en gris y lúgubre. La agonía sería lenta y dolorosa, no había cura y mucho sufrimiento quedaba por vivir. Jorge no estaba dispuesto a pasar por eso.

Abrió la maleta y sacó el arma que compró cuando le anunciaron aquel tumor “benigno”, esperando que no tuviera que usarla. El revólver era brillante, empavonado, al tacto era sedoso. Se sentó en el borde de la cama, dejó los estudios a su lado, se metió el caño en la boca, martilló y supo que todo había llegado a su fin. Cerró los ojos y respiró hondo.

El conserje llegó a tirarse sobre él antes de que disparara. El arma cayó al piso al igual que Jorge y las gafas. Dos botones lo ayudaron a levantarse.

—Señor García, lamentamos muchísimo el incidente, el destinatario de la correspondencia es el señor Jorge García de la habitación del piso de arriba, ésta es su carta —le dijo el conserje, entregándole otra certificada

Uno de los hombres le alcanzó las gafas y Jorge leyó la correspondencia, aún consternado. Los resultados de la biopsia dieron que el tumor era benigno. Jorge rompió en llanto en el acto. El conserje y los dos botones respiraron aliviados. Entonces, un sonido seco, proveniente del piso de arriba, retumbó en el pasillo.

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