—Mi prometida me engaña, estoy seguro —dijo Roger con voz desesperada.— Necesito que lo demuestre. ¡Necesito pruebas!

El detective lo miró a través de sus modernas gafas de pasta con motivos de piel de leopardo. Había acudido a él después de ver su anuncio en el periódico y aunque ahora que lo veía en persona no le inspiraba mucha confianza, estaba lo suficientemente ansioso por salir de dudas como para contratarle.

—Está bien, si eso es lo que quiere… —murmuró el hombre mientras se mesaba su rojiza barba de chivo.— Sin embargo, debo insistir en que pague por adelantado la mitad de mis honorarios. Quinientos euros ahora y otros quinientos cuando reciba los resultados de la investigación.

—¡Mil euros! —exclamó Roger.

—Si le parece demasiado, siempre puede hablarlo directamente con su prometida —sugirió el detective pasándose la mano por su reluciente calva.

Roger bajó la cabeza, sacó el dinero de la cartera y lo puso sobre la mesa.

—Entonces no hay más que hablar —concluyó el detective, levantándose para acompañarle a la puerta. Con su metro ochenta de estatura resultaba bastante intimidante pese a su aspecto estrafalario.— Recibirá un correo con mis conclusiones dentro de un par de meses.

Dos meses después llegó un sobre por correo certificado a nombre de Roger. Tras firmar el recibo y despedir al cartero sacó de su interior una carta y varias fotografías. Tiró la carta y se centró en las fotos pero lo que aparecía en ellas lo dejó petrificado. ¿Qué significaba aquello? Turbado, se inclinó para recoger la carta y la leyó en voz alta:

“Estimado señor… Poco después de que usted me contratase su prometida acudió a mí y me pidió que le investigase, ya que sospechaba que le estaba siendo infiel. Así pues, decidí investigarlos a ambos y descubrí que, mientras ella no se vio con nadie más, usted sí que frecuentó la compañía de diferentes mujeres a lo largo de estos dos meses, como prueban las fotos que le adjunto. Esta es mi propuesta: usted me debe quinientos euros y su prometida otros quinientos. Ahora bien, si usted tuviese a bien pagarme otros mil, yo podría borrar todos los registros de estas fotos e informar a su prometida de que no ha cometido ningún desliz. Con el sincero deseo de que lleguemos a un acuerdo, se despide…”

Roger leyó la carta tres veces, estupefacto. Después volvió a mirar las fotografías. Finalmente corrió a su despacho, cogió un mechero y una papelera y echando la carta y las fotos en su interior, les prendió fuego. A continuación sacó un sobre de un cajón, fue a la caja fuerte y cogió mil quinientos euros…

Mientras tanto, su prometida recibía otra carta, también acompañada de varias fotografías. Tras leerla con estupor, hacía pedazos el papel y las fotografías y los arrojaba al inodoro. Acto seguido corría a su despacho, abría la caja fuerte y cogía mil quinientos euros...

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