Sombra

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Me revolví inquieto en cuanto oí el timbre. Ya sabía quién era. Al menos eso creía, mientras avanzaba nervioso pero decidido hacia la puerta. Respiré hondo en el quicio, ajeno al griterío lejano de unos niños revoltosos. Abrí sin preguntar quién.

No había nadie.

Enseguida lo vi. Arrojado de cualquier manera en el felpudo. El sobre.

Pensé que él vendría en persona. Nunca creí que mi sombra no valiera una visita suya. Y menos que el veredicto me llegara por escrito.

Recogí el papel y cerré la puerta con más decepción que pesadumbre. Sintiéndome uno más. Nadie especial. Como tantos otros millones de sombras.

Me dejé caer en una silla incómoda de la cocina. No tenía hambre. Pensar en comida me produjo una punzada aguda de dolor en el pecho. En parte disfruté de aquel dolor. Porque sabía que convertirme en sombra significaba no volver a sentir dolor. Ni alegría, ni placer, ni verdadera emoción, ni siquiera por la comida.

El dolor me pareció una sensación mucho más deseable que hace un mes.

Un mes. El tiempo era relativo. El mes más largo de mi vida. Desde aquel día, fatídico. El recuerdo de Rosana me asaltó como una oleada sorda en la boca del estómago. Casi sentí náuseas. Y, de nuevo, dolor.

Un dolor intenso y sostenido. Un mes. Un continuo rodar de ideas lúgubres. Hacía sólo un mes que Rosana murió. A los quince días yo ya no podía más, deseaba morir, yendo de alguna manera tras ella. Entonces fue cuando se presentó él.

No recuerdo su nombre, ni su aspecto. Pero sé que no lo soñé. La conversación fue tan real como mi agudo sufrimiento. Al fin, una salida. Un descanso. Sólo que optar por él era para siempre. No volvería a sentir dolor; tampoco volvería a sentir. Nada más. Tan sencillo como convertirme en sombra.

Rendirme. Pasar el resto de mi vida refugiado en la cobardía del que prefirió una existencia mullida y anodina a las mil aristas del día a día.

Había llegado el día y la hora. Yo ya había decidido. Sólo quedaba la confirmación por su parte. Aquel sobre. La concesión del deseo más amargo de mi vida. Sombra.

Pero…¿era arrepentimiento lo que sentía? ¿En qué momento enajenado había optado por morir en vida?

Entonces miré el sobre y mi ánimo dio un vuelco. Era una carta certificada. No tuve tiempo de elucubraciones. Enseguida sonó el timbre de nuevo.

En la puerta, esta vez, un cartero. Tan mundano como un hombre alto, de 1,80m, calvo con gafas y barba.

—Unos niños gamberros me llevaron el carro y tuve que correr tras ellos —me dijo—. ¿Tiene la carta? Ah, menos mal. Bien, sólo necesito que firme aquí.

Era una multa. Una maldita multa prosaica.

Sentí rabia, irritación, vergüenza.

Pero sentí también un alivio inmenso. Las cosas más absurdas de la vida son las que nos devuelven a la realidad.

Mi elección era ya otra. Así que firmé, saboreé mi enfado, y decidí vivir.

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