—Ya le he contado todo lo que he visto. —repito por enésima vez.

Uno se siente importante cuando realiza sus deberes de ciudadano ejemplar, denunciando situaciones como la que acaba de pasar, pero te arrepientes en el momento en que parece que lo que cuentas no sirve para nada. Llevo una hora prestando declaración en plena calle y se me está haciendo tarde. Al final, no me va a dar tiempo a terminar la entrega de hoy y debo llevar una carta certificada al Ministerio de Asuntos Exteriores. Se me va a caer el pelo…

—Necesitamos que sea más preciso, John. —insiste.

Este hombre tiene aspecto de todo menos de comisario de policía. Calvo, con barba desgreñada de no haberla recortado en meses, gruesas gafas de pasta que tiene que colocarse cada dos por tres porque se le escurren hasta la punta de la nariz, y orondo como el balón de Pilates de mi mujer a pesar de medir metro ochenta. Como un hipopótamo con gabardina:

—Seguro que recuerda algo más, haga memoria.

Suspiro:

—Bajaba por la calle desde aquella dirección —señalo con el dedo la trayectoria de mis pasos— y una joven bastante guapa se chocó conmigo. No me fijé mucho pero tenía el cabello corto en media melena y los ojos verdes. De tamaño, más o menos como yo… Le pregunté si le había hecho daño y me dijo que no, se disculpó y siguió calle arriba. Caminaba deprisa.

—¿Cree que sospechaba que la estaban siguiendo?

—Es posible. Parecía inquieta, como si no quisiese quedarse mucho tiempo.

—Entiendo —asiente con la cabeza—. Prosiga.

—Escuché un frenazo brusco y miré hacia atrás, sobresaltado. Una furgoneta blanca se cruzó en mitad de la acera, y se bajó un hombre vestido con mono de faena, como el de los albañiles o los pintores, de color azul y lleno de polvo. La golpeó la cara contra la fachada del restaurante —digo, señalando—, agarrándola de la melena, y se quedó ella en la mano. Era una peluca.

—¿No cree que también puede que llevara lentillas?

—El policía es usted, no yo ——«me está empezando a cabrear el gordo de los cojones»—. Mire, no me haga perder más tiempo. Ya es la segunda vez que me pregunta lo mismo y tengo que seguir con mi trabajo...

—Termine.

—Soltó la peluca y comenzó a darle patadas mientras estaba grogui en el suelo. Después, la levantó como si fuera un saco de cemento, la empujó a la parte de atrás de la furgoneta y se marchó por aquel callejón. El tío era un animal.

—¿Vio algún rótulo?

—No.

—Pero dice que el hombre llevaba ropa de pintor o albañil, ¿seguro que no había ningún rótulo en la furgoneta?

—Ya le he dicho que no. Desde aquí lo hubiese visto, ¿no cree?

—Está bien—dice, moviendo la mano con desdén—. Pediré a un agente que le acerque al Ministerio de Asuntos Exteriores. Gracias por su tiempo.

¿Y para esto piden colaboración ciudadana...?

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