—No sé qué es lo que me atrae de Roberto. Es calvo y barbudo, alto…

—Demasiado alto.

—Un metro ochenta es perfecto. Eso sí, es bastante antisocial, algo bizco y tartamudo.

—Pero tiene algo.

—Sí, algo que hace que me vuelva loca, que piense en él día y noche; en su mirada distraída; en su forma torpe, desgarbada de caminar; en cómo se ajusta las gafas y me sonríe siempre que llamo a la puerta con alguna carta, carta que ambos sabemos podría haber dejado en su buzón.

—Deberías lanzarte.

—Roberto se aleja tanto de lo que quiero habitualmente que no dejo de pensar si debo dar el siguiente paso o no.

—Lo harás.

—No sé, nunca me ha atraido nadie en mi ruta de trabajo. No dejo de verlo en mi cabeza: le saludaré, entregaré las cartas y sin pedir invitación le besaré. ¿Qué sentiré? ¿Habrá un después?

—No lo habrá.

—Si lo habrá, será perfecto y durará.

Busco entre la correspondencia, estoy de suerte, hay una carta certificada a su nombre.

*

Llamo al timbre y me recibe con esa sonrisa perfecta. Parpadeo coqueta mientras le tiendo la carta y el recibo para que lo firme.

—¡Vaya! El bolígrafo no escribe —me dice, por una vez sin tartamudear— ¿Qui-quieres pasar y busco uno?

Perfecto. Asiento e irrumpo en su espacio personal.

—Solo un momento, t-tengo uno en la cocina. —Desaparece tras una puerta.

—¿No me pondrías algo de beber? —Trato de ganar tiempo mientras me quito el uniforme. Hace años vi esta escena en una película erótica y de repente me parece morboso hacerlo.

—Solo t-te-teng… —La frase queda cortada por el vaso al estrellarse contra el parqué.

—Tendrás que venir tú. —Estiro los brazos hacia él, invitándole—. No quiero cortarme… estoy descalza.

No pasan ni cinco segundos y él ya está junto a mí, tomando mi cara entre sus manos y besándome con pasión. Es entonces, en ese momento, en el que me doy cuenta que no sé nada del hombre que me abraza, quizás sea un psicópata, quizás no sea el hombre ordinario que aparenta. La gente es impredecible…

—No estás sintiendo nada, solo desvarías.

Odio a la voz en mi cabeza. ¿Me oyes? Te odio. Pero siempre tienes razón. No siento nada. Mientras él se desvive besándome extraigo el cuchillo del bolso y lo hundo con fuerza en su espalda. Conozco el punto exacto y mientras su cuerpo cae sobre el mío, abrazado por los estertores de la muerte, cubriéndome con su sangre… al fin siento algo y es un sentimiento adictivo.

Acaba demasiado pronto, quiero más, necesito más…

—Ha sido imprudente escoger a alguien de tu ruta. Busca la lejía.

—Quién sabe… Roberto era tan normal, tan alejado de mi tipo que quizás la policía piense que soy una imitadora.

—No lo harán. Márcale, justo en el pecho.

—Cállate. Pensaba hacerlo.

Y con la punta del cuchillo y hermosa caligrafía le dibujo en el pectoral su nuevo nombre: veintitrés.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Mariagozu @Mariagozu hace 1 año

    No puedo decir que el giro final me haya sorprendido. No, no; es que me ha dejado BOQUIABIERTA. Me ha encantado la estructura del relato, el trabajo de los personajes y el final. Enhorabuena ^^

  • Midyakri @Midyakri hace 1 año

    Ohhhhhjj!!! Muchas gracias :) me hace mucha ilusión que te haya gustado!

  • Midyakri @Midyakri hace 1 año

    * para los que me habéis preguntado, el asterisco del centro es porque el editor no me dejaba meter un doble espacio :/


Tienes que estar registrado para poder comentar.