Liz recibió la cazuela y su mano rozó los dedos del chico. Sonrieron. Había decidido tomar el curso de cocina para intentar olvidar el estrés del consultorio y hacia pareja con un chico llamado José que por alguna extraña razón le generaba confianza. Respiraba paz, no como el patán de Pepe que terminó enredado con la empleada.

La harina le salpicó el rostro y él, con delicadeza, lo limpió. Sonrieron de nuevo. El olor de las especias amenizaba la velada y José no dejaba de verla de esa manera que tanto le gustaba. No hablaban, no era necesario.

Cuando llegó el momento de trozar las verduras, Liz confesó su torpeza con el cuchillo, por lo que José, como todo un caballero, la tomó de las manos para guiarla con delicadeza. Cerró los ojos y el penetrante aroma a hombre la estremeció. Se dejó llevar por el golpeteo rítmico de la hoja contra la madera, por el burbujeo del agua hirviendo, por la simpleza de la vida.

―Ustedes dos qué se traen.

La voz de la instructora los separó de golpe y el bochorno la obligó a desabrocharse un par de botones de la camisa. Las mejillas de José brillaban y apenas levantaba la cabeza. Sin embargo, esta intromisión solo los recargó de energía y el chico volvió a pegarse contra ella, solo que esta vez le susurraba una agradable melodía al oído. Ambos cerraron los ojos y sus respiraciones se coordinaron como un solo ser.

―¡José! ―la voz de la instructora desgarró el ambiente―. ¡Tu mano! ¡Te has rebanado la mano!

José ya no cantaba. Aullaba, giraba como un trompo y cubría de rojo escarlata las paredes, los mesones, los alimentos y a los demás estudiantes. Algunos gritaban al ver el brazo del muchacho escupir sangre como un volcán, mientras que Liz, con el rostro desencajado, recordó su clase de primeros auxilios y corrió a socorrerlo, pero tropezó con la mano de José y fue a dar sobre la estufa principal. En un pestañeo, Liz berreaba junto a José envuelta en llamas amarillas.

El fuego saltó sobre los manteles y las cortinas del local, consumiéndolo todo en un santiamén. Los que hace poco cocinaban como amigos ahora huían, empujándose, pisoteándose y lanzándose contra las paredes en medio de una sofocante capa de humo que amenazaba con solidificarse y bloquear la entrada. El cielo de madera empezó a desprenderse por partes y el papel de colgadura se chamuscó revelando un triste ladrillo gris.

La noche terminó con dos edificios carbonizados, un ejército de bomberos, una muchedumbre exigiendo reembolso por el curso y una par de enamorados. Él, pálido como una hoja y ella humeante como una chimenea. Dispuestos a darse una oportunidad y conocerse mejor, con la certeza de que a partir de ese día siempre pedirían comida a domicilio.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Consigues teñirnos, pero no con sangre, con tu humor 'negro' a todos. Imagino la trágica escena pero no puedo hacer otra cosa que sonreír. Como siempre, te dejo un par de cosillas. Al principio 'hacía' sin acentuar. Al final, un error de concordancia en género '...y un par de enamorados.' Poco más, @Pipervalcall ahora a esperar el siguiente reto. Saludos, nos leemos.

  • Muy bueno Piper, no dejo de imaginarme al chico moviéndose y su brazo escupiendo sangre como un aspersor.


Tienes que estar registrado para poder comentar.