Tuvo dos grandes amores en su vida. Al verla a su lado, dormida, supo que ella fue uno de ellos. El otro nació de ese amor; por ella, él comenzó a escribir.

La observó en el silencio y la noche lo ayudó a navegar por aquellos recuerdos adolescentes. Entonces, la habitación se transformó en el patio de la vieja escuela secundaria. Se vio de nuevo vestido con pantalones grises, mirándola desde lejos conversar con sus compañeras, vestida con ese jumper tableado que le quedaba tan lindo. Quiso acercarse y hablarle una y mil veces, pero su garganta se le anudaba. Ella era una princesita sacada de un cuento de hadas; de piel blanca y ojos grandes, el cabello cayendo sobre los hombros decoraba un rostro angelical. El, con tan solo quince años, supo que se había enamorado.

Al año siguiente volvieron a encontrarse en la escuela. El continuaba con su timidez muda, pero el corazón aún le latía fuerte al verla. Seis meses más lo acosaron con la pena de un amor anónimo, hasta que anunciaron un concurso literario. El jamás había escrito una sola línea, pero al pensar en ella, su mano derecha escribió las poesías más bellas y románticas. Decidió enviar su trabajo al concurso escolar. El primer premio: el poema de él. Era un canto al amor de un hombre a una mujer. Ella lo escuchó en silencio y al terminar la lectura del presentador, por sus ojos rodaron lágrimas de emoción. El se acercó a recibir el premio y ella, luego de terminado el acto, se acercó a él. Se miraron un instante en silencio y la sonrisa espontánea surgió desde lo profundo de su corazón.

—Debes estar muy enamorado de ella —dijo la chica—, me encantaría saber quién es la afortunada

El guardó silencio y sus ojos se encendieron. Ella, al ver la llama de su mirada, no necesitó palabras. De repente toda la escuela se esfumó y solo quedaron ellos dos, uno frente al otro. Los cachetes enrojecidos de él provocaron la ternura en el corazón de ella. Sin vacilar, ella se acercó hasta que los labios de ambos se fundieron en un beso.

Se casaron luego de tres años. Tuvieron cuatro hijos y todos les dieron nietos. El, no muy seguro de sus dotes pero alentado por ella, con los años se convirtió en el poeta más vendido del país. Le gustaba escribir a mano; tenía cientos de cuadernos con bosquejos en cursiva en su escritorio.

Luego de aquel accidente de automóvil en el que perdió su mano derecha, supo que ya no podría escribirle cuánto la amaba. Aquella noche dejó la cama; fue a su estudio y con los ojos inundados, sacó un fósforo de la caja. El papel ardió hasta tomar las telas de las cortinas y las alfombras. Ella nunca despertó.

Las noticias del día siguiente anunciaron los titulares en primera plana: “El fuego que consumió al amor”, sobre la foto de la casa incendiada.

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