«No lo he hecho por ti. No te quiero».

Las palabras de Abraham resuenan como un soniquete, taladrándole el cerebro. No sabe qué hacer ni qué no hacer, simplemente tiene clara una cosa. No le quiere. Y punto. Porque querer a alguien implica que ese alguien te importe. Y pasa de ese imbécil, mucho, por muchos ojazos verdes y muy buen polvo que tenga.

—Yo tampoco te quiero, idiota —responde en plena calle, a la nada. Le miran raro pero no le preocupa. Ya de por sí, la gente del pueblo no es que le tenga demasiado aprecio.

Camina, y los pies le llevan solos hacia las afueras. Corren por inercia, contra su voluntad, el sendero tantas veces recorrido. Según se va acercando empieza a oler a humo. Aprieta el paso y tras volver un recodo ve la cabaña, en llamas. Arde desde los cimientos, y está empezando a prender los árboles de alrededor.

Le invade una ola de terror. Piensa en dar aviso pero según se acerca a la entrada, ve a un tipo al que no conoce esperando con un machete. Los dos tipos blancos de la gasolinera salen de entre los restos carbonizados empujando a Abraham. Le han dado una paliza, tiene la ropa ensangrentada y la cara hecha un cristo. Gritan. Marica, y cosas peores.

John no entiende nada. No entiende por qué unos extraños la habían tomado con él esa mañana ni por qué Abraham había agarrado su mano junto al surtidor, como un juego, cuando le habían increpado. Se le escapa cómo es posible que un par de forasteros ataquen a unos desconocidos porque sí.

Un grito despierta a John de su estado conduciéndolo sin remedio a uno de ira y rabia descontrolada. Abraham chilla. Llora de dolor. Se desangra. Los hijos de la gran puta le han cortado una mano, la misma que le había reconfortado a él en la gasolinera. La mano del «no te quiero». Joder. Tiene que hacer algo, le importa una mierda qué. Busca a su alrededor y agarra un madero grueso para, en silencio y enmascarándose entre los restos del incendio y el humo, echarse sobre el tipo del machete y machacarle la puta cabeza a golpes.

Uno de los tipos se lanza sobre el machete cuando cae al suelo, pero él va ya de vuelta. Al levantarse, le arrea con el madero. Abraham se acerca. El otro valiente ha hecho la del humo. Se quita el cinturón aprisa, ignorando sus reproches, y le hace un torniquete por encima de la muñeca.

—¡Joder! ¡Eres un puto idiota, John! Podían haberte matado, ¡si es que no tienes nada en esa puta cabe…! —No le deja terminar. Sin poder sentirse aliviado aún del todo, agarra a Abraham de la nuca y le planta un beso desesperado en la boca. Se ha enamorado de él, hasta las trancas, pero es algo que Abraham no tiene por qué saber aún.

—Yo tampoco te quiero, mamón. Vamos al hospital.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Midyakri @Midyakri hace 1 año

    Puedo afirmar y afirmo, que esté fue mi relato favorito del mes pasado :) Tuve el inmenso placer de comentarlo y poco más de lo que te puse puedo decir. Es genial :)

  • Ángela Giadelli @Angie hace 1 año

    Ay, muchas gracias. Me alegro que te gustase :)


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