Apenas puedo respirar. Mis pulmones arden, al igual que el edificio, y el calor de las llamas es insoportable. Sé que no debo abrir la puerta, pero no hay otra salida. Me arrastro hasta ella, los ojos resecos envueltos en lágrimas, y estiro mis dedos hacia el pomo. El dolor sordo de su contacto sobre la piel me arranca un aullido.

Voy a morir.

Despierto empapado en sudor. Han pasado ocho semanas desde el incendio, pero las pesadillas no remiten. La auxiliar de enfermería entra y me pregunta qué tal me encuentro. Levanto el brazo derecho y le muestro el lugar donde antes estaba mi mano. «Sigue sin crecer». Ella deja las sábanas sobre la mesa: «Tienes rehabilitación en veinte minutos». Me ayuda con el aseo y la ropa.

Oculto el muñón bajo la manga siempre que salgo a los pasillos. Era mi mano buena, la de dibujar. Ahora ya no está. Soy un tullido. Un lisiado. Un inútil. Aun así me obligan a ejercitar el brazo y ponen electrodos en la cicatriz para estimular los nervios. Una prótesis me cambiará la vida, dicen.

Pero mi vida ya ha cambiado.

Descubro su cascada de cabellos castaños en una silla que hay junto a la ventana. Llegó hace un par de días y le falta una pierna. ¿Se sentirá tan inútil como yo? Sonríe con timidez. Levanto mi mano inexistente para saludarla y la escondo, avergonzado. Ella mira su pierna. Me siento a su lado mientras espero mi turno. No hablamos. A veces sobran las palabras.

Cada día seguimos el mismo ritual: juntos, observamos la sala en silencio. En ocasiones, una risita tonta rompe nuestro mutismo si alguien se cae. Reímos casi en susurros, para que no nos riñan.

Trae un libro y lo pone sobre mi regazo: Los Miserables. Nuestros ojos se encuentran y exploto en carcajadas llenas de dolor. Ella se une. Hemos roto la veda. Las enfermeras nos miran y recuperamos la seriedad. «No volveré a dibujar», le digo. «Ni yo a danzar».

Hoy no tenemos nada más que decirnos.

Los días transcurren iguales pero diferentes. A veces nos miramos en silencio, otras charlamos del tiempo, de nuestra infancia, de libros… Nunca del cómo perdimos nuestros miembros ni de lo que haremos al salir de aquí. Las horas sin ella se vuelven eternas.

«Me dan el alta la semana que viene», le digo, de pronto, con la voz rota. Ella enmudece y pierde la sonrisa. Roza mi muñón de un modo casi imperceptible y me embarga el deseo.

Nuestros labios se funden.

El café humea sobre la mesa de la cocina. Se queda muy quieta mientras mi mano biónica practica con el bolígrafo y el papel. Vuelve a salir un garabato. Se acerca para sentarse sobre mis rodillas, me quita el folio y lo estudia unos instantes. «Bueno, al menos salgo favorecida». En la radio suena su canción favorita. «¿Bailamos?», pregunto. «Siempre».

La beso. Han pasado quince años y no me canso de hacerlo.

Comentarios
  • 4 comentarios
  • Muy buenas, @LMMateo Muy emotiva tu historia y los requisitos de la prueba no se ven forzados, todos se han introducido de manera muy natural. Felicitaciones.

  • Audru @LMMateo hace 1 año

    Muchas gracias, Paula. Un abrazo.

  • Raquel Valle @ValleS hace 1 año

    Una historia delicada y luminosa. Es complicado hacer historias así sin caer en la ñoñería y en este caso, yo creo que lo has logrado.

  • Audru @LMMateo hace 1 año

    Muchas gracias, Raquel.


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