No estoy muy seguro, pero juraría que el día en que conocí a María estaba sonando El Cuarto de Tula. Por esa época yo andaba de disco en disco, fumando esto y aquello, atraído por la vida nocturna que me ofrecían cinco calles al norte de la ciudad. El olor a cigarrillo, el bochorno en cada club y la embriaguez se habían convertido en mi pan de cada día, en un rosario sin falta, en una devoción a la salsa que me mantenía despierto hasta que los meseros sacaban escobas y traperos.

A María la conocí en el Cuba Lounge, un sitio más bien pequeño, pero con una barra amplia en la que decidí tomarme un par de cervezas. María se sentó a mi lado y me miraba a través del reflejo de la pared donde estaban los licores.

—Tú eres de los que no se aguanta el sol, ¿solo rumba, no?

—¿Y tú qué sabes?

—Ya he visto rostros como el tuyo: cansados, ojerosos, así como muy fumados. Esa me gusta… ¿bailas o te vas a quedar ahí sentado? —me dijo, esta vez mirándome directo a los ojos.

Lo que vino enseguida fue la adicción a sus pasos, a su cabello negro que se ondeaba de un lado a otro, al repiqueteo de sus tacones, a su sonrisa que cambiaba de color con el strobelight y luego la sutileza de un beso. María, y esto me lo confesó meses después, amó mi cabello rizado, mis camisas siempre blancas, el aire cubano que se anclaba en mi cuello y otras tantas cosas más que no recuerdo.

Desde entonces no hubo bar, discoteca, club o antro donde no “azotáramos baldosa”, ni perdonamos nunca un fin de semana, ni supimos de cansancios, madrugadas o culpas. Todo lo vivimos en las discotecas y todo se quedó allá, incluso María misma, porque después de dos años gastar las noches terminamos peleando por un negro manilargo que la fue sacando a bailar y María, con las ganas encendidas, no le dijo que no.

Entre la ebriedad o la intención, recuerdo haber tomado el encendedor y una botella ardiendo que arrojé contra la barra de licores. Se prendió todo y me fui cantando allá fueron los bomberos con sus campanas, sus sirenas... y desde afuera vi que el bar ardiendo y ¡Ay, mamá! ¿Qué pasó?, y el griterío y la gente corriendo y el cuarto de Tula, le cogió candela...

A María nunca la vi salir, ni nadie me dio razón de ella. Solo supe que casi mueren dos personas que se habían quedado dormidas, que el negro manilargo perdió la mano izquierda, que el seguro cubrió el Cuba Lounge y que nunca volví a escuchar una salsa.

Desde hace unos meses me decanté por el rock, esas extrañas sinfonías que hoy me llevan a un bar donde encontraré una chica, quizás sentada en la barra y, no estoy seguro, pero casi podría jurar que esta noche sonará Light my fire.

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