Tras un arduo día de trabajo, me siento en el sillón y decido descansar intentando recordar cuándo he sido realmente feliz, cuándo he sentido que todo valía la pena.

Decenas de nombres de mujeres me vienen a la cabeza, pero es un nombre en concreto el que me hace sonreír: Luna. Tan hermosa, tan vívida, tan real.

Nunca había sabido encontrar el momento justo en el que te enamoras de una persona, simplemente me levantaba un día sabiendo que en algún punto que no conseguía identificar me había enamorado. Pero con Luna todo fue distinto; fui capaz de atisbar el momento justo en el que mi corazón decidió que mi mundo empezaría a girar en torno a esa chica que vivía por y para bailar.

No recuerdo qué hacía exactamente en el auditorio ese día, no recuerdo quién más había, lo único que recuerdo es su pequeño cuerpo moviéndose al ritmo de la música, danzando como si esos movimientos fueran la clave de su existencia.

Creo que lo más bonito de toda nuestra relación fue que nunca hablamos, que nunca nos tocamos, que nunca nos conocimos. Bueno, que Luna no me conocía a mí, porque yo conocía todos y cada uno de sus secretos. Todos y cada uno de sus defectos, de sus fetiches, de sus mentiras. Y esa imperfección me hacía amarla más, más, más.

Pero había algo que me reconcomía por dentro, algo que me condenaba día tras día: Luna tenía una novia que la traía loca, una chica alta, fuerte, guapa, bailarina como ella. Alguien que creía que Luna le pertenecía.

Basura.

No se la merecía. Me la merecía yo, que conocía toda la oscuridad que había en ella, que la aceptaba, que la amaba. Luna tenía que ser mía y si no lo era, no iba a ser de nadie más.

Así que lo planeé todo para que fuera mía. Escogí el sitio y el momento adecuados: un miércoles por la noche en el que sabía que estaría sola en el auditorio, respirando danza.

Por primera vez en meses me mostré ante ella. La miré. Me miró. Nos miramos. Y el espectáculo empezó. Al ritmo de Firework las llamas iniciaron su ascenso al paraíso mientras el infierno se iba apoderando de todos los rincones de mi alma.

Los gritos de Luna se convirtieron en música para mis oídos, su miedo me llenó de satisfacción, sus lágrimas reavivaron mi marchito corazón y cuando mis manos se cerraron en torno a su cuello mientras las llamas me abrasaban sentí que mi existencia estaba destinada a ese momento. Sus gemidos, tan necesitados de aire, me parecieron el sonido más bonito que hubiese oído nunca.

No había nada que pudiera importarme más que ver sus violáceos labios implorando aire. Nada, absolutamente nada, ni tan siquiera mis manos quemándose en medio de esas rojizas tinieblas.

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