El templo era pasto de las llamas. Los gritos martilleaban mis oídos mientras recuperaba la conciencia. Una viga había caído encima de mí. Alrededor todo estaba cubierto por una bruma argentada, que me astillaba los pulmones. Traté de incorporarme, pero estaba atrapada. Mi mitad derecha no respondía, el travesaño permanecía oprimiéndome. Entre chillidos de dolor, logré sacar mi pierna, pero cuando estiraba del brazo notaba cómo se desgarraba la carne.

El calor de la habitación era ya insoportable. Eché un vistazo buscando hacer palanca, pero las catanas estaban demasiado lejos de mí. Me palpé el kimono y eché mano del tanto que llevaba en el cinturón. Sin pensarlo más, utilicé el puñal para mutilarme a la altura del codo.

Cuando aparecí en el castillo de mi daimyo, chorreando sangre, él me socorrió. Tardé varios días en recuperarme y cada vez que despertaba me miraba el miembro ausente y no apaciguaba mi sufrimiento. Pronto estallaría la guerra y yo no sería útil a mi señor.

Aparecí delante de él una mañana con el tanto envuelto en papel de arroz. Me arrodillé con dificultad por la cuerda que unía mis muslos y le pedí disculpas. Entonces llevé el arma a mi cuello con intención de seccionarme la carótida, pero Takamasa me detuvo. Lloré como una niña entre sus brazos.

Abandoné el estudio de la guerra, así que volví a la labranza. También ayudé a reformar el templo. Trabajar es muy complicado cuando eres manca. Mi abuela me dejaba las tareas sencillas, pero yo quería ser normal, hasta que comprendí que ya no era posible.

Takamasa pasaba a menudo para controlar los avances y reclutar nuevo soldados. La primera vez que vino se detuvo a mi lado.

—¿Cómo te encuentras?

Alcé la mano para poder ver a pesar del sol naciente.

—Bueno, algo mejor. —Escondí con disimulo el brazo cercenado detrás de mí.

Él me sonrió y puso su mano sobre mi hombro. Me sonrojé mientras se alejaba.

La restauración avanzaba a buen ritmo, a pesar de que solo ayudábamos los que no servíamos para luchar. La peor parte fue cuando llegamos al interior. La rabia se apoderó de mí y quise arrancar lo que habíamos adelantado. Unos brazos me sujetaron con fuerza e intenté zafarme de ellos. Me encontré cara a cara con mi señor.

—Yo... lo siento —bajé la mirada.

Takamasa asintió mientras mantenía el abrazo hasta calmarme.

Las ofensivas del clan enemigo avanzaban sin cesar y pronto alcanzarían nuestras tierras. Takamasa me hizo llamar a su castillo.

—Me gustaría que te quedaras aquí.

Lo miré interrogativa.

—Los Taira llegarán en pocos días. No creo que logremos detenerlos y no quiero… —se detuvo un segundo, como si buscara qué decir— que te pase nada. Aquí estarás más segura.

No supe qué responder, pero no podía negarme. Se acercó, pareció dudar unos segundos y me acarició el brazo mutilado. Cerré los ojos mientras sentía el roce de sus labios en mi piel. Y sin más, se marchó a la guerra.

Comentarios
  • 3 comentarios
  • Impresionante relato, @Sheyden , y no es peloteo, que te he encontrado un error de concordancia de número 'nuevo soldados'. Muy buena la ambientación, me encanta Japón y su cultura, y cómo introduces los requisitos. Saludos.

  • Ostras, muchas gracias :D Pues a mis tres comentaristas se les ha pasado ese error. ¡Apuntado queda! No suelo escribir sobre la cultura japonesa, pero quise salirme de mi zona de confort. Me alegro de no haberlo hecho demasiado mal ^^

  • Raquel Valle @ValleS hace 1 año

    Me recuerda mucho a las Guerras del Loto, que es una trilogía que me encanta. Creo que me ha pasado como a los comentaristas, estaba tan metida en el texto que ni me he dado cuenta del error de concordancia.


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