El crepitar de las llamas y el intenso calor sacaron a Gabriel de su ensimismamiento. La situación le había trastocado sus esquemas mentales. No estaba acostumbrado a ser la presa. Él era un cazador.

Actuando con rapidez movió una de las vigas caídas. Apoyó un extremo en el borde del hueco que se había generado al desplomarse parte del techo y el otro sobre una cómoda que había junto a la cama, con lo que consiguió montar una estrecha pasarela. Como si de un equilibrista se tratara la recorrió deprisa pudiendo finalmente salir al tejado.

Con un salto, que bien le podría haber hecho ganar la medalla de oro en unas olimpiadas, alcanzó la azotea de la casa contigua.

Una vez que estuvo a salvo, contempló la escena desde la distancia y no pudo evitar sentir admiración por su rival. Había sido muy astuta. Al entrar Gabriel en la casa en pos de su víctima él mismo activó la trampa que originó el incendio y bloqueó las salidas.

Desde que todo se fue a la mierda y las calles fueron tomadas por los muertos andantes, él había sido el amo y señor del lugar. A los torpes zombis era fácil esquivarlos si no se agrupaban demasiado y a los indefensos supervivientes era sencillo engañarlos para después alimentarse de ellos.

Un movimiento en los balcones de unos pisos cercanos llamó su atención. Era ella. La había visto cazar en otras ocasiones. Usaba métodos muy similares a los suyos: embaucaba a sus víctimas y cuando las tenía cerca era rápida y letal.

Hasta ahora no había intentado acabar con él. Mantenían las distancias, cada uno en su territorio.

Gabriel dejó escapar de sus labios una sonrisa de reconocimiento y la mujer se la devolvió antes de perderse entre las sombras.

Aurora le devolvió la sonrisa al cazador. En cierto modo se alegraba de que se hubiese librado de su trampa y admiraba sus cualidades. Lo veía como a un igual, aunque el reto de intentar doblegarlo la impulsaba a querer cazarlo.

Tras varios intentos de aniquilarse mutuamente los intercambios de sonrisas de complicidad se habían convertido ya en un ritual. El sentimiento de admiración se transformó en algo más sólido: a su peculiar manera, se amaban.

En una ocasión, quedaron encerrados en una de las trampas de ella. Era la primera vez que estaban tan cerca el uno del otro y mantenían una distancia prudente mientras seguían en tensión.

Girando en espiral, cada uno vigilando la cuchilla que portaba el otro, terminaron fusionados en un abrazo y, sin dejar de neutralizar los sucesivos ataques, comenzaron a besarse apasionadamente.

Después de aparearse como una pareja de recelosos escorpiones, en un descuido de Gabriel, Aurora empuñó un machete que había ocultado entre sus pertenencias y le cortó la mano. Este, con un rápido gesto, introdujo el astillado muñón en su vientre buscando su corazón. Ambos sonrieron y con su último aliento se besaron de nuevo, sellando así su singular amor para siempre.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • Buen relato, @Gustavo , me ha gustado la coreografía de la lucha y ese amor surgido de la rivalidad. Me suena raro el comentario del narrador sobre el 'salto olímpico', pero solo eso. Saludos.

  • Gustavo Macher @Gustavo hace 1 año

    Me pareció una buena metáfora en ese momento, pero ahora en frío coincido contigo en que suena un poco raro. :)Gracias. Celebro que te haya gustado.


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