Estaban tomando café, hablando de nada. Él la deseaba y ella le compadecía en silencio.

Todo comenzó con su voz, rasgada pero dulce, como si la escuchara por primera vez. Instintivamente se fijó en su boca y después subió la mirada a sus ojos marrones y grandes. También le parecieron algo nuevo. Nuevo e inoportuno.

Y para ella, directamente, era algo que no se podía permitir. ¿Cuántas veces le había visto (casi a diario desde hacía seis años) sin sentir nada? ¿Cuántas veces habían hablado y cómo en cada conversación reforzaba su idea sobre aquel cirujano? Era un niño grande que nunca iba a crecer y que no sabía lo que quería.

Él tenía la certeza de que no era un capricho más y eso le aterrorizaba. Era algo nuevo, inoportuno y –hasta donde sabía- ella estaba casada.

Ella tenía la vida que siempre había soñado: encontró un trabajo estable en el hospital al poco de terminar la carrera, conoció a su marido en la boda de una prima y en cinco años de casados ya tenían a la parejita. No necesitaba nada más. Su vida era perfecta. Hasta ese momento.

Hasta que todo se derrumbó. No oían nada salvo un pitido infernal y no podrían asegurar cuánto tiempo pasó desde que todo se volvió negro. Los teléfonos no funcionaban. Había gente corriendo de un lado a otro, arrastrándose y muriendo, pero tenían que buscarse.

Ella le encontró a cinco metros de lo que antes era la sala de descanso. Notaba latidos en la sien y el sabor de la sangre en su boca mientras que, con fuerzas que no tenía, ayudaba a levantarse a aquel hombretón.

—Tu mano… —acertó a decir, casi sin voz.

—Casi no me duele —mintió, sabiendo que no podría engañar a una traumatóloga—. Y, además, la buena es la derecha.

Su mano era un amasijo de carne quemada cuyo olor se fundía con fuego y química, pero su preocupación era alejarse del incendio que se había propagado hasta el almacén.

Consiguieron salir ayudados por los equipos de emergencia atravesando una nube de polvo gris. Estaban vivos de milagro y ambos lo vieron como una señal. No muy sutil, por cierto. Todo estaba mal, pero todo encajaba.

Él no sabía de dónde sacaría el valor para reconocer que solo podría vivir para ella. Le preocupaba y le liberaba.

Ella quería a su marido y eso estaba fuera de toda duda… pero esto era diferente y si alguna vez lo sintió -en el mejor de los casos- no podía recordarlo. Era horrible, fantástico y tenía ganas de vomitar.

¿Había sido incapaz él de enamorarse en todo este tiempo? ¿Para ella era el fin de una vida perfecta? Querían que la respuesta fuese sí y no a la vez. Querían dejarse llevar, comerse el uno al otro y que nunca hubiera pasado nada. Querían estar juntos hasta el día siguiente, pero que el mañana no les cogiera nunca.

Dame tu mano. Toma mi alma. Y vámonos.

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