Esa noche Marco Sandino había descargado todo su estrés laboral entre las tibias aguas de la piscina olímpica del Club. No existía otro lugar en el planeta que le diera tanta libertad como ese.

Mientras él se quitaba el vestidor de baño y se ataviaba para ir a su hogar, sus nuevos vecinos dormían sin sospechar que su bombona escupía una veloz fuga de gas que se colaba por la ventana de la cocina. Y como si al destino le gustara hacer bromas pesadas, al bombillo de la cocina le dio por lanzar una chispa de electricidad.

Dormían plácidamente los tres niños, la pareja de ancianos y la señora Ana. Pero Margaret una joven pianista, tenaz y alegre, acariciaba su piano con los suaves movimientos de sus dedos; absorta por el silencio amenazador de ese lunes.

Marco con pasos relajados desfilaba frente a sus vecinos cuando la explosión lo sacó de sus cavilaciones. El suelo se estremeció y lo hizo tambalearse. Volaron los vidrios de las ventanas y partes del techo de la cocina. Una ola naranja destellante de hilos amarillos y rojizos sobresalía por la parte trasera de la casa.

Dejó caer su morral y corrió golpeando la puerta del frente con su cuerpo. Aún no se había presentado con sus nuevos vecinos pero sabía que eran una familia grande; el fin de semana los observó alrededor de una parrillera bien cargada de pollo y chorizos. Margaret manoteaba entre la humareda que había inundado el angosto pasillo frente a su habitación. Quedó fría al percatarse que el fuego arrasaba con las repisas, vajillas, nevera y mesa del comedor. Marco había logrado entrar por una ventana, y tropezó con ella.

—¿Te encuentras bien?

Ella era una delgada y rubia platinada. Le cautivaron aquellos formidables ojos, que parecían dos ventanas para llegar cielo.

—Sí. —dijo ella temblando.

La señora Ana pedía ayuda con una tos gemebunda, y los niños lloraban. Su habitación era aledaña a la cocina. La puerta estaba atorada.

—Es mi madre. Ven, es por aquí.

—Señora tiraré la puerta por favor quédense al fondo —gritó Marcos y pateó insistentemente la puerta.

Margaret fue por sus abuelos. Estaban calmados, abrazados en la oscuridad.

Los sacó por la ventana frontal con la ayuda de un vecino que acababa de llegar corriendo en pijamas.

Luego que Marco derribara la puerta, una pared entera se desplomó sobre él. Era él o la señora Ana y los niños. Tenía un brazo pisado por completo.

Las sirenas lloraban cada vez más fuerte.

El humo les pinchaba los ojos y los pulmones estaban resentidos por el insuficiente oxígeno.

—Hey no te muevas puedes lastimarte más —. Se sentó a su lado hasta que llegaron los bomberos.

La mano izquierda de Marco fue amputada. Su vida durante los siguientes meses estuvo llena de duras batallas. Y fue Margaret cuyo amor como agua fresca como de manantial, la que lo rescató para que las llamas de la amargura no lo consumieran.

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