Sólo era un niño cuando la vio por primera vez. Fue en casa de sus abuelos, mientras jugaba junto a la chimenea. Percibió un movimiento extraño por el rabillo del ojo y cuando miró allí estaba, pequeña pero resplandeciente, danzando con su vibrante vestido anaranjado, observándolo con sus ojos amarillos y maliciosos. Le sonrió y su voz crepitó suavemente:

—¿Me ves?

Con el candor propio de la infancia, no lo dudó un instante.

—Te veo —respondió con una sonrisa.

La hermosa figura se contoneó con mayor brío y le volvió a sonreír.

—Aliméntame —susurró. Y él, inocente y fascinado por aquella hipnótica criatura, obedeció, echándole más leña al fuego.

Pasaron los años y él seguía viéndola. La veía en el fuego del hogar, en las llamas del horno de gas; incluso cuando encendía un mechero la veía, diminuta, en la palma de su mano. Cada vez que la encontraba, ella resplandecía de alegría al verlo y conversaban durante horas. Era su única amiga, la única que lo comprendía, que lo escuchaba y por ello procuraba mantenerla encendida siempre que podía. Pero ella cada vez tenía más hambre. Por mucha leña que recogiese, por mucho que la avivase, nunca parecía ser suficiente; siempre volvía a apagarse.

Un día, decidió llevarla al bosque. Allí encontraría alimento de sobra y podría crecer y mostrarse en todo su esplendor. Era una noche veraniega, cálida y seca, y el fuego prendió con facilidad. Su figura se alzó, hermosa y terrible, sobre las copas de los árboles. Él la contempló con adoración; entonces, siguiendo un impulso, se acercó más de lo que nunca se había acercado y la tocó. Al principio no sintió más que un agradable calor; sin embargo, pronto esta sensación placentera se transformó en dolor, un dolor tan intenso que le hizo gritar, pero no apartó la mano.

—No hagas eso —suplicó una voz. Era ella, que se inclinaba, preocupada, sobre su temerario amigo—. Te quemarás.

—No me... importa - farfulló él con los dientes apretados—. Quiero estar... contigo... Te amo —su voz se quebró por los sollozos—. ¡Quémame!

Ella sonrió, con tristeza.

—Yo también te amo.

Entonces, súbitamente, desapareció. Él quedó solo en el bosque con su mano en carne viva, humeando, y así fue como le encontraron. Sus heridas eran tan grandes que los médicos tuvieron que amputar. Después de aquello, pasó mucho tiempo en el hospital. Decían que había un problema con su mente, que era un peligro para sí mismo y para los demás. Decían que ella no existía, que siempre había sido un producto de su imaginación. Fuera como fuese, el caso es que nunca volvió a verla; pero jamás, jamás dejó de amarla.

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