Las llamas se extendían a gran velocidad. La imprenta ardía y los trabajadores huían despavoridos. Miguel fue el último en salir, socorrido por los bomberos, tembloroso y conmocionado.

A pesar de salir ileso, aquella mala experiencia quedó tatuada en su corazón y el demonio anidó en su mente, obligándole a recibir terapia.

Era la segunda vez que visitaba a la doctora Sánchez cuando ella apareció en la sala de espera. Su rostro taciturno y el vacío en sus ojos llamaron su atención. Había perdido algo, algo valioso. Se quedó en un rincón, ajena a todo, frotándose los nudillos con nerviosismo.

Miguel la observó disimuladamente, intentando adivinar cuál era el demonio que la había empujado a visitar a la psiquiatra.

Cada martes ella acudía vestida con su melancolía. El interés crecía en el interior de Miguel, quien se sentía atraído por su dolor silente. Por algún motivo deseaba abrazarla y protegerla de él.

—Te convendría relacionarte, María —escuchó decir un día a la psiquiatra cuando la despedía.

A la semana siguiente volvieron a coincidir. La secretaria les recibió con rostro compungido.

—Hoy no podremos atenderles, la doctora ha tenido un accidente y está en el hospital.

—¡Oh no! ¿Es grave?

—Ha perdido la mano, pero su vida no corre peligro.

Ambos salieron sin mediar palabra, pero Miguel creó ver una oportunidad en aquella desgracia.

—Perdona —dijo quebrando el silencio del ascensor—, la doctora Sánchez me ha sugerido relacionarme con otros pacientes para afrontar mis problemas y había pensado que… ya que estamos aquí, tal vez…

No sabía cómo continuar, aquello no había sonado tan estúpido en su cabeza.

—A mí me ha sugerido lo mismo… —dijo pensativa. El ascensor llegó a la planta baja—. Podemos probar…

El rostro de Miguel se iluminó. La acompañó a una cafetería cercana. Ambos pidieron lo mismo: café con un toque de canela.

—Y bien, ¿cuál es tu locura? —María se sorprendió, como si no esperase que abordara el tema tan pronto. Ante su silencio, decidió continuar—. Bien, yo primero: estrés postraumático.

Aquello despertó su interés.

—Fue un incendio. Un generador explotó, todo prendió muy rápido. Los bomberos nos salvaron y resultamos ilesos, pero la experiencia me traumatizó. Pronto comenzaron las pesadillas, el fuego me perseguía en cuanto cerraba los ojos. Después traspasó los sueños, creía oler humo en todas partes. La ansiedad fue creciendo hasta ser incapacitante. Me sentía tan estúpido…

Él había desnudado su debilidad, era su turno.

—Duelo patológico —dijo con una sonrisa triste—. Mi hermana lo era todo para mí.

Continuó hablando hasta que al final se derrumbó. Miguel fue su paño de lágrimas. Su conversación consiguió en minutos lo que la terapia en semanas.

Volvieron a verse una y otra vez, compartiendo sus inquietudes mientras el amor nacía tímidamente. Un roce suave en el brazo, una mirada tierna, un pestañeo… hasta que un día sus labios decidieron abrazarse con dulzura, confesando sus sentimientos. Se convirtieron en el refugio del otro y nunca volvieron a separarse.

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