Por que soy gilipollas, seguro. Pero no piensen que he sido yo, que fue muerte natural, o al menos eso me contó Carmen, mi amante, la mujer del muerto.

Ella, Carmen, me llamó por la mañana. «Tenemos que hablar», me dijo. Le pregunté qué quería, pero me contestó que mejor nos veíamos. Me duché, creí que venía para otra cosa, vamos, que pensé que necesitaba un polvo. Pero no, llegó llorando, muy consternada, con sus ojos rojizos y la nariz irritada de tanto pañuelo.

«Antonio está muerto», me soltó nada más llegar y me abrazó. Le pregunté que cómo había sido y me respondió que estaba almorzando, que fue a la cocina a cogerle el postre cuando escuchó un golpe seco, volvió al comedor y se lo encontró con la cara metida en el cocido. «¡No me hagas esto, Antonio, ahora no!», dijo que le gritó.

Ciento veinticuatro kilos de pura grasa, no os podéis ni imaginar lo que pasé para trasladarlo. Desde que se prejubiló no hacía otra cosa que engordar. A Carmen la tenía frita: que si vamos de compras, que si te apetece ir al cine. Antes, cuando trabajaba, pasaba de ella y teníamos todo el tiempo del mundo y venía a mi casa para… bueno, para eso, claro.

Y Carmen, que llegó tan triste, no paró de hablare de él: que no podía ser, que sin su Antonio no era nadie, que lo necesitaba, que eran muchos años juntos, que qué va a hacer ahora. ¡Por qué me lo cuenta a mí, que soy el otro! No es que me alegre, pero lo de esta mujer raya lo absurdo. Sin embargo, la vi tan baja de ánimo que tuve que consolarla, y acabamos en la cama.

Cuando acabamos, ya más relajados, le pregunté qué había dicho el médico, y va y me cuenta que no ha llamado a nadie.

«Insensata», le repliqué. «Pero te has parado a pensar qué va a pasar cuando llamen al forense. Que ya hace un día a que murió, que te vas a meter en un buen lío.»

Y me cuenta que no, que nadie tiene que enterarse, que lo tenía todo bien pensado. «Antonio se prejubiló con el cien por cien del sueldo y una buena indemnización, y si doy parte, me quedará una mierda de pensión», me explicó. Ya va diciendo por ahí que Antonio se ha enchochado con una extranjera y se ha largado, y como yo soy el enterrador, que le busque un hueco en el cementerio.

Esto no me lo esperaba, que me utilizase para deshacerme de un fiambre, pero quién se ha creído que soy. «¿Y dónde lo metemos?», pregunté. Y cogió y me sugirió que lo meta con mi mujer. «Pero si no se podían ni ver», le repliqué. «Pues mejor, que se jodan los dos.»

Y aquí estoy, echando cemento rápido a la lápida y que sea lo que dios quiera.

Comentarios
  • 2 comentarios
  • ¡Muy guay, Paula! Me ha gustado jajajaj vas esparciendo poco a poco toda la información a lo largo del relato, de forma que hasta en los últimos parrafos sigues descubriendo como fue toda la situación. ¡Y muy buen desarrollo del personaje! He visto personajes en libros de 500 páginas más planos que aquí nuestro señor enterrador/amante de Carmen jajajajaja ¡Un saludito y sigue así! Te sigo para seguir leyéndote

  • O.Tala @OliverTala hace 1 mes

    ¡Buenísimo! Acabo de unirme a esta red de escritores y, por ahora, es el relato de humor que más me ha gustado jajajaja. Muy bien desarrollado.


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